Recuerdo entonces la historia del tenista Víctor Estrella Burgos. En 2014 era el jugador número cincuenta del mundo y su mejor clasificación histórica fue el puesto cuarenta y tres. Dicho así, como un simple dato, podría parecer una posición intermedia, discreta, pero basta detenerse un instante para comprender su verdadera dimensión. En el mundo hay millones de practicantes de tenis, decenas de miles de jugadores que compiten con regularidad y varios miles que intentan, con mayor o menor fortuna, abrirse camino en circuitos profesionales. Estar entre los cincuenta primeros es una posición extraordinaria, inaccesible para la inmensa mayoría.
Y, sin embargo, incluso en ese nivel, la insatisfacción permanece. Porque el éxito no depende tanto de lo que conseguimos como de la meta que nos fijamos, y esa meta, que solemos presentar como objetiva, nace casi siempre de impulsos profundamente subjetivos, de comparaciones, de expectativas, de deseos que rara vez sometemos a examen. Ser el cuadragésimo tercer restaurador del mundo, o el cuadragésimo tercer zapatero, sería un éxito inmenso si fuéramos capaces de medirlo con cierta distancia, pero no lo somos, porque siempre hay un siguiente escalón, una referencia que desplaza la anterior, un horizonte que se aleja en el mismo momento en que creemos haber llegado.
Durante mucho tiempo leí aquella historia como una excepción admirable, como una anomalía que confirmaba la dureza de la regla general. Hoy ya no la leo así. Hoy me interesa menos el momento en que alguien alcanza una determinada posición que el tiempo que ha sido capaz de sostenerse antes de llegar a ella, la persistencia silenciosa más que la irrupción, la continuidad más que el instante.
Quizá uno de mis errores fue pensar que el objetivo consistía en ocupar un lugar, en fijar una posición desde la cual poder decir aquí estamos, como si una carrera pudiera estabilizarse en un punto y mantenerse allí sin más, como si el valor dependiera de la altura alcanzada y no de la capacidad de mantenerse en movimiento. Con los años uno comprende que las trayectorias profesionales no se parecen a una escalada continua, sino a una serie de desplazamientos, de avances y retrocesos, de interrupciones y recomienzos, y que tanto los momentos buenos como los malos no son una compensación moral sino la condición misma de esa continuidad.
Hoy lo veo de otra manera. El verdadero problema no es llegar o no llegar, sino la posibilidad de seguir todavía ejerciendo.
Louis CERCOS, París, 2026.

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