miércoles, 3 de junio de 2026

La discusión con las academias





















Durante años mi trabajo consistía en intervenir sobre edificios preexistentes y en discutir con las academias. No con la Academia como institución concreta, sino con todas esas academias invisibles que deciden de antemano qué puede ser una restauración correcta, hasta dónde debe llegar una fachada, qué color es admisible, qué gesto resulta prudente, qué material parece noble, qué imagen debe devolver un edificio antiguo a la ciudad. La academia no siempre se presenta como dogma. A veces se disfraza de buen gusto, de prudencia, de respeto, de neutralidad, de “intervención mínima”. Pero muchas veces esa prudencia no protege al edificio: protege el miedo de quien interviene.

Mi trabajo ha nacido casi siempre en el interior de encargos aparentemente modestos. La petición inicial solía ser devolver al edificio una corrección aceptable. Pero precisamente ahí aparecían casi siempre las decisiones culturales. En ese contexto empezó, quizá, mi ruptura silenciosa, en la obstinación de llevar cada operación un poco más lejos de lo que el encargo pedía.

Las academias suelen preferir las categorías limpias. Conservación o creación. Memoria o modernidad. Continuidad o ruptura. Oficio o concepto. Patrimonio o proyecto. Mi experiencia me ha enseñado exactamente lo contrario: que las obras interesantes nacen cuando esas categorías empiezan a contaminarse. Una fachada puede ser restaurada y, al mismo tiempo, intensificada. Un edificio puede conservar su memoria y recibir una lectura contemporánea. Una intervención puede ser técnicamente impecable y conceptualmente desobediente. La verdadera ruptura no siempre consiste en destruir la forma heredada, sino en demostrar que esa forma contenía más posibilidades de las que la mirada académica estaba dispuesta a admitir.

Por eso me interesan tanto las cartografías de daños, los estudios cromáticos, los ensayos materiales, los levantamientos minuciosos, las hipótesis alternativas. No como instrumentos burocráticos, sino como armas críticas. La academia cree que esos documentos sirven para justificar una solución. Yo cada vez estoy más convencido de que sirven para abrir el conflicto. Visto así, mis intervenciones más arriesgadas fueron aquellas en las que una técnica aparentemente conservadora permitió introducir una desviación.

La restauración académica tiende a producir edificios correctos. La restauración que me interesa debe producir edificios despiertos, arquitecturas capaces de volver a intervenir en el presente. En ese sentido, la técnica no es el límite de la imaginación, sino su condición más radical. Ahí está, para mí, la verdadera ruptura de las academias. No en negar la tradición, sino en impedir que la tradición sea administrada por los guardianes del miedo.

Louis CERCOS, París, junio 2026.

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