Hace años, en la escuela, mi profesor de proyectos Gerardo Ayala Hernández (1940) formuló una de esas frases que no se olvidan, porque encierran en muy pocas palabras una verdad completa sobre la profesión. Decía: “Esto hay que dejarlo claro desde el principio: ¿qué pretende un cliente? ¿Un arquitecto de, pongamos, 1.000 euros, o 1.000 euros de arquitecto?”
La fórmula es brillante porque invierte el problema. A primera vista, parece una simple observación sobre honorarios. Pero no lo es. Lo que hace, en realidad, es obligarnos a pensar qué se está comprando cuando se encarga arquitectura. Porque no es lo mismo contratar a un arquitecto rebajado hasta quedar reducido a una cifra, que invertir una cantidad determinada en una porción real de su talento, de su tiempo, de su experiencia y de su capacidad de discernimiento.
La diferencia es decisiva. En el primer caso, el cliente cree comprar un profesional entero por un precio insuficiente. En el segundo, entiende que toda cantidad da acceso solo a una parte proporcional de un trabajo intelectual complejo, hecho de escucha, análisis, diagnóstico, responsabilidad y propuesta. Dicho de otro modo: no se compra “un arquitecto barato”, sino una cierta cantidad de arquitectura posible.
Este malentendido está en el origen de muchos fracasos. Hay clientes que esperan una obra completa, una dedicación ilimitada, una responsabilidad total y una excelencia indiscutible, pero con honorarios que apenas permiten una intervención superficial. Y hay también profesionales que, por miedo a perder el encargo, aceptan desde el principio una ficción: la de hacer pasar por misión completa lo que solo puede ser, en el mejor de los casos, una prestación parcial.
Conviene decirlo con claridad. La arquitectura no se degrada solamente cuando se construye mal. También se degrada cuando se piensa mal, cuando se tarifa mal y cuando se formula mal el contrato inicial entre quien encarga y quien proyecta. Un honorario no es únicamente un precio. Es una definición anticipada del alcance, de la profundidad y del grado de compromiso de un trabajo.
Por eso esta vieja frase de Gerardo Ayala sigue pareciéndome admirable. Porque introduce, con ironía y precisión, una pedagogía de la realidad. Obliga a poner sobre la mesa desde el primer momento una cuestión esencial: qué espera verdaderamente el cliente y qué puede ofrecer honestamente el arquitecto dentro de ese marco.
A veces, la dignidad de la profesión empieza exactamente ahí: en saber explicar que no existen milagros presupuestarios, que el pensamiento tiene un tiempo, que la experiencia tiene un valor y que la arquitectura, como toda disciplina seria, exige una correspondencia justa entre la ambición del encargo y los medios que se ponen para hacerlo posible.
Luis Cercós, París, abril 2026.

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