Los sistemas fotogramétricos existían ya desde hacía décadas, pero durante mucho tiempo fueron procedimientos costosos y poco accesibles para una práctica profesional ordinaria. Yo venía, además, de una generación que había aprendido a trabajar entre el dibujo manual, la medición directa, la fotografía analógica, los primeros tratamientos digitales y una forma todavía muy física de mirar los edificios. En los años finales del siglo XX participé en procedimientos combinados de limpieza monumental, utilizando láser y compresas, aplicando protocolos de vanguardia que entonces se empleaban en las grandes catedrales góticas francesas y que ayudamos a implantar en España con una mezcla de fascinación tecnológica y prudencia artesanal. Aquella experiencia me dejó una enseñanza que no he olvidado nunca: la innovación solo tiene sentido cuando se pone al servicio de una lectura más fina de la materia recibida.
Todos estos planos y muchos otros más nacieron de esa misma intuición. Sobre una base de dibujo arquitectónico convencional, incorporábamos fotografías reales, fragmentos ortorrectificados, alzados fotográficos, vacíos, sombras, fábricas descarnadas, restos de revestimientos, carpinterías, manchas de humedad, pérdidas, zonas erosionadas y accidentes acumulados por el tiempo. El resultado no era exactamente un plano, ni una fotografía, ni una restitución académica. Era un documento híbrido en el que el edificio aparecía simultáneamente como geometría, materia y biografía.
Lo importante era que esos documentos permitían medir y al mismo tiempo mirar. Servían para acotar, diagnosticar, preparar una intervención, situar con exactitud una grieta, pero también para conservar la intensidad visual del estado previo, esa condición irrepetible del edificio antes de que la obra lo transformara.
Por eso sigo creyendo en este tipo de planos. Porque no sustituyen al levantamiento tradicional, sino que lo enriquecen. Porque no renuncian al rigor métrico, pero introducen en él una dimensión sensible. Y porque recuerdan algo que para mí ha sido siempre esencial: restaurar no consiste únicamente en proyectar lo que vendrá después, sino en comprender con la mayor precisión posible lo que se ha recibido.
Louis CERCOS, París, mayo 2026.



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