En septiembre y octubre de 2005 yo era todavía oficial de la Armada (RV, cuerpo de especialistas, Museo Naval de Madrid). Estaba también vinculado a la Cátedra de la Mar, a la Real Academia de la Mar, de la que fui uno de los académicos fundadores, y a la Sociedad Cervantina. Por motivos personales, me encontraba también ligeramente implicado en el entorno de la UCJC y de la institución educativa SEK.
Fue en ese contexto cuando el almirante Fernando Poole Quintana, titular de la Cátedra de la Mar de la UCJC, asesorado por ALFONSO de CEBALLOS-ESCALERA GILA, me nombró, dentro del viaje "La más alta ocasión", profesor de navegación, arquitectura y estética. Hablaré en otro momento de aquella travesía, porque merecería por sí sola un relato extenso. Pero me interesa recordar hoy que aquel viaje no era solo un desplazamiento físico ni una experiencia académica más. Era también una forma de entender la enseñanza, el viaje y la cultura como una sola cosa.
Nos embarcamos en el buque escuela goleta bergantín Amorina -por aquel entonces bajo bandera sueca y hoy Cervantes Saavedra-, un barco del que durante un tiempo fui copropietario junto a un grupo de amigos oficiales de la Unión de Oficiales de la RV de la Armada, antes de que terminara siendo adquirido por la UCJC. Nuestro destino final era el golfo de Patras, en homenaje a la batalla de Lepanto, y en aquella navegación viajaban estudiantes universitarios seleccionados en un concurso académico que recordaba a aquellas grandes iniciativas pedagógicas y aventureras que durante años promovió Miguel de la Quadra-Salcedo para vincular España con América. Pero lo decisivo de aquella travesía, al menos para mí, fue la presencia a bordo del profesor Miguel Ángel Elvira Barba.
Miguel Ángel pertenece, para mí, a esa categoría de profesores capaces de cambiar la vida de quienes los escuchan (y en mi caso lo hizo). Sus clases durante aquel viaje fueron una de esas experiencias intelectuales que no se olvidan nunca, porque no consisten solo en explicar bien (o con pasión) un tema, sino en abrir un horizonte nuevo a quien escucha.
Yo no sabía entonces que, en medio de aquel viaje, iba a producirse uno de esos encuentros tardíos que luego parecen haber estado preparándose desde mucho antes. No me refiero todavía a un libro, ni siquiera a un poema, sino a algo más raro y más profundo: al instante en que uno comprende que un autor va a quedarse para siempre en su vida.
Eso fue lo que empezó a ocurrirme allí, en el mar, escuchando a Miguel Ángel Elvira hablar a aquellos jóvenes y, sin saberlo todavía del todo, hablarnos también a algunos de nosotros.
Mañana seguimos.
Luis Cercos, París, marzo 2026.
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