martes, 7 de abril de 2026

A propósito de Maradona


He defendido muchas veces que restaurar no consiste solo en consolidar una estructura o devolver legibilidad a una obra dañada. Hay patrimonios invisibles que se erosionan tanto como un edificio antiguo: la confianza colectiva, la autoestima histórica, la memoria del propio valor. En esos momentos, a veces, una figura excepcional interviene sobre ese plano inmaterial con una eficacia que ningún discurso político ni ninguna administración habrían podido alcanzar.

Eso fue Maradona para Nápoles. En una Italia estructurada durante décadas por desequilibrios evidentes entre un norte rico, industrial, autosatisfecho, y un sur estigmatizado, pobre, despreciado o folklorizado, Maradona restauró simbólicamente la dignidad del sur.

Y algo semejante, aunque en otro registro y en un plano más cargado de dolor histórico, ocurrió con Argentina. Sería ingenuo o vulgar reducir la complejidad de una guerra, de una derrota nacional o de una herida geopolítica a un partido de fútbol. Pero sería igualmente miope ignorar que ciertos encuentros concentran, durante noventa minutos, una intensidad simbólica desmesurada. En aquel Argentina-Inglaterra, en aquel tiempo todavía atravesado por la sombra reciente de las Malvinas, Maradona no fue solo un futbolista extraordinario. Fue la encarnación momentánea de una respuesta colectiva. No resolvió nada, por supuesto. No reparó la historia. Pero devolvió, aunque fuera en el espacio ritual y limitado del deporte, una forma de orgullo a un pueblo herido.

Eso me interesa mucho, porque en arquitectura ocurre algo parecido con más frecuencia de la que se admite. A veces creemos que restauramos solo edificios, y no es verdad. Restauramos también vínculos, legitimidades, memorias de uso, formas de pertenencia. Un monumento no es solo materia; una biblioteca no es solo mobiliario y estructura; una institución no es solo organigrama. Todo ello se sostiene también sobre un espesor inmaterial, sobre una red de afectos, símbolos y reconocimientos colectivos que puede dañarse, erosionarse o incluso desaparecer.

Maradona operaba exactamente en ese territorio. Había en él algo excesivo, contradictorio, impuro, incluso trágico. No era un héroe clásico tallado en mármol. Era algo mucho más humano y por eso mismo más poderoso: una fuerza de restitución. Donde llegaba, no solo alteraba marcadores; alteraba imaginarios. Hacía posible que los humillados dejaran de pensarse como humillados. Y eso, en el orden de los valores inmateriales, equivale a una verdadera restauración.

Me interesa esa idea porque vivimos en una época fascinada por lo cuantificable y bastante ciega ante las dimensiones invisibles de la vida colectiva. Por eso lo admiro, por esa capacidad casi única para restaurar lo que no se ve y que, sin embargo, decide el curso profundo de los pueblos y de las instituciones: el orgullo, la dignidad y la certeza de que David, de vez en cuando, también puede vencer a Goliat.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, abril 2026.

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