martes, 4 de agosto de 2026

MEMENTO MORI, CARPE DIEM

En mi inconclusa publicación de ayer reflexionaba sobre la restauración como una forma de «inmortalidad hacia atrás» y también que esa proximidad con el pasado contiene la enseñanza complementaria de que quienes trabajamos sobre las huellas de otros sabemos que algún día también nosotros partiremos.

La familiaridad con la duración de la materia hace todavía más evidente la brevedad de la vida humana. Un muro o una bóveda de piedra, una armadura de madera, una pintura mural o una estructura metálica pueden atravesar generaciones mientras quienes las concibieron y ejecutaron van siendo inexorablemente sustituidos por otros. El monumento permanece, pero las vidas que lo rodean se renuevan sin cesar. Cada generación cree habitar el presente definitivo y termina convirtiéndose, casi sin advertirlo, en una capa más de la historia del edificio.

Sin embargo, esta conciencia no conduce necesariamente a la melancolía. En mi experiencia produce una forma más lúcida y más agradecida de vivir. Quien trabaja cotidianamente sobre las huellas de quienes ya no están comprende rápido que el presente no es una abstracción ni una sala de espera entre un pasado concluido y un futuro hipotético, sino la única materia temporal que verdaderamente poseemos.

Quizá esta sea una de las grandes recompensas del oficio. La restauración nos enseña a mirar despacio y a aceptar que nada permanece intacto. Nos enseña que toda construcción se transforma y que incluso las obras aparentemente más sólidas dependen de la voluntad de quienes aceptan hacerse responsables de ellas durante un tiempo. El restaurador aprende, además, que su obra nunca le pertenece por completo. Trabaja sobre decisiones tomadas por otros y sabe que las suyas serán observadas, interpretadas, discutidas y quizá corregidas por quienes vengan después. Esta condición provisional podría parecer frustrante, pero contiene una extraordinaria lección de humildad. Nos obliga a renunciar a la ilusión de la autoría absoluta y a comprender cada intervención como un episodio limitado dentro de una biografía material mucho más extensa que la nuestra.

Ahí reside también lo bueno de esta profesión. La restauración permite participar en historias que comenzaron mucho antes de nosotros sin exigirnos la ficción de que seremos quienes las concluyan. Nos sitúa dentro de una cadena de cuidados, conocimientos y responsabilidades en la que recibimos algo que no hemos creado, lo comprendemos hasta donde somos capaces, intervenimos sobre ello con mayor o menor acierto y lo entregamos a otros para que continúen.

Tal vez por eso la restauración sea una disciplina situada entre el memento mori y el carpe diem, entre el recuerdo de que moriremos y la obligación de vivir plenamente mientras todavía podemos decidir, construir, cuidar y transmitir. Y acaso vivir bien consista, en buena medida, en no olvidar ninguna de las dos cosas.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto de 2026.

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