lunes, 24 de agosto de 2026

Monumentos, antimonumentos y moviments




Uno de los conceptos en los que estoy trabajando últimamente parte de un juego de palabras: monumento, antimonumento, movimiento, moviment, antimovimiento, monumento en movimiento, antimonumento en movimiento. Pero cuanto más avanzo, más posibilidades encuentro para pensar la arquitectura y el patrimonio.

Cuando Richard Rogers y Renzo Piano explicaban el proyecto con el que ganaron el concurso de 1971 del plateau Beaubourg (hoy Centre Pompidou) insistían en que no querían construir otro edificio cultural solemne e intimidatorio, sino precisamente lo contrario: una arquitectura abierta, capaz de ser apropiada por la gente y de modificar sus propios usos. De ahí que aparezca recurrentemente una expresión particularmente significativa para describirlo: el Pompidou como antimonumento, una arquitectura que pretendía poner en crisis algunas de las formas tradicionales de la monumentalidad.

Francis Ponge llevó aquella intuición todavía más lejos poco después de la inauguración del edificio. En L’Écrit Beaubourg (1977) escribió una frase formidable: «Moins donc un monument, que, s’il faut inventer ce mot : un moviment.» Ponge fusionaba monument y mouvement y planteaba, sin pretenderlo, una cuestión extraordinariamente contemporánea: ¿puede existir un monumento cuya condición esencial consista precisamente en no permanecer inmóvil?

El Pompidou fue concebido como antimonumento, fue descrito como moviment y, cincuenta años después, termina convirtiéndose en monumento precisamente porque la historia le ha atribuido valor. Pero, ¿qué ocurre cuando protegemos una arquitectura cuya identidad estaba ligada a la posibilidad de cambiar? Quizá las categorías con las que solemos pensar los monumentos sean demasiado estáticas. Puede haber monumentos cuya identidad parece depender de la permanencia de una determinada configuración, pero también monumentos que cambian materialmente, funcionalmente o simbólicamente; antimonumentos que se convierten en monumentos; arquitecturas concebidas para transformarse cuya capacidad de cambio queda progresivamente bloqueada por la historia, la normativa o incluso por su propia patrimonialización; y edificios aparentemente inmóviles que, siglos después, comienzan nuevamente a moverse porque otra sociedad les atribuye usos, valores y significados diferentes.

Por eso empiezo a pensar que los monumentos tienen distintas maneras de moverse dentro de el concepto "tiempo". Algunos cambian de materia, otros de uso, otros de estatuto jurídico, otros de significado. Algunos apenas se modifican físicamente y, sin embargo, la sociedad transforma por completo aquello que cree que representan. Y quizá exista también una categoría particularmente problemática, la del antimoviment: edificios que pudieron cambiar, que incluso fueron concebidos para hacerlo, pero cuya evolución acaba siendo detenida por nuestra necesidad de fijarlos en una determinada imagen histórica.

Louis CERCOS, París, agosto 2026.

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