Ayer, camino de Normandía, iba solo en el coche, comprendí que aquella reflexión estaba incompleta, porque el contacto continuado con los objetos y las materias heredadas del pasado produce también una conciencia constante de nuestra propia mortalidad y de lo efimero de la vida. Todo aquello sobre lo que trabajamos fue imaginado, construido, utilizado y habitado por personas que desaparecieron hace mucho tiempo.
El restaurador trabaja en una proximidad permanente con la muerte, no necesariamente como experiencia trágica, sino como presencia silenciosa y estructural. Los edificios históricos conservan la medida de cuerpos desaparecidos, la lógica de instituciones extinguidas, la memoria de ceremonias que dejaron de celebrarse, de tecnologías superadas, de formas de poder, de espiritualidad y de convivencia que ya no nos pertenecen. Al intervenir sobre una obra antigua sabemos que llegamos tarde, que nunca podremos recuperar el mundo que la hizo posible y que nuestra comprensión será siempre parcial. También sabemos que llegamos provisionalmente, porque cualquier decisión que tomemos será observada, discutida, corregida o incluso eliminada por quienes vengan después. El restaurador contempla con frecuencia las obras de otros profesionales ya fallecidos, reconoce sus aciertos, identifica sus errores y comprende que algún día su propio trabajo será examinado con idéntica distancia. Esa experiencia obliga a abandonar toda ilusión de permanencia personal y a concebir la intervención como un episodio limitado dentro de una biografía material mucho más larga que la nuestra.
Existe así una aparente contradicción que define mi oficio. Por una parte, nos concede una forma de inmortalidad hacia atrás, porque nos permite convivir intelectualmente con constructores, artistas, mecenas, ingenieros, monjes, reyes, obreros y habitantes separados de nosotros por siglos. Por otra, esa misma convivencia nos recuerda que también nosotros desapareceremos y que los edificios, si tienen fortuna, continuarán su camino sin nuestra presencia. La familiaridad con la duración de la materia hace todavía más evidente la brevedad de la vida humana. Sin embargo, esta conciencia no conduce necesariamente a la melancolía. Mañana sigo, he agotado el límite de caracteres de estas publicaciones en LinkedIn. ;-)
Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto de 2026.

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