Antes de hablar, en esta serie, de Aravena o de Radić, quiero detenerme en una figura sin la cual la actual constelación chilena no se entiende del todo. Me refiero a Fernando Pérez Oyarzún, una de esas personalidades cuya influencia se mide por su capacidad para crear un clima intelectual.
Formado en la Pontificia Universidad Católica de Chile, vinculado a ella durante toda su vida académica, director de la Escuela entre 1987 y 1990 y decano de la Facultad entre 1990 y 2000, Fernando es uno de los grandes responsables de la excelencia del campus instalado en la vieja Casa Lo Contador, que no es solo una sede universitaria, sino también una lección silenciosa de arquitectura. No es extraño que de ese lugar surgiera una generación extraordinaria de arquitectos chilenos, entre ellos Mathias Klotz, Sebastián Irarrázaval, Cecilia Puga, Alejandro Aravena o Smiljan Radić.
Mis años (2012-2016) en Chile coincidieron con uno de los periodos más inciertos de mi vida profesional. La gran crisis económica posterior a 2008 me obligó, como a tantos otros, a rehacer fuera de España una parte sustancial de mi vida. Entre las escasas cosas de verdadero valor que me acompañaban se encontraba un libro al que yo estaba especialmente unido: la edición facsímil de Philibert de l’Orme, publicada por Nizet en el siglo XIX, ejemplar que había pertenecido al arquitecto Vicente Lampérez y que yo había adquirido años antes en una subasta de la sala Durán de Madrid.
Hubo un momento en Chile en que aquel volumen era casi lo único verdaderamente valioso que conservaba conmigo. Y, sin embargo, sentí que debía ofrecerlo allí donde podía seguir vivo. Hablé de ello con Fernando Pérez. Su respuesta fue inmediata y elegante: ese libro debía estar en Lo Contador, a disposición de los estudiantes. Y así fue. La Universidad Católica compró el volumen y aquel Philibert de l’Orme quedó incorporado a la biblioteca del campus.
En febrero de 2017, volví a encontrarme con Fernando en París. Él venía por una reunión en la UNESCO. Tomamos un café y recuerdo perfectamente aquella conversación. Fernando evocó con generosidad lo que habíamos hecho en Chile, especialmente en el Palacio Pereira, y me dio unos ánimos que nunca he olvidado. Antes de despedirnos, me dedicó su libro Arquitectura en el Chile del siglo XX, publicado en 2016 por Ediciones ARQ.
Tal vez por eso me parecía necesario que esta serie sobre los Pritzker hiciera primero esta estación previa. Porque antes de los grandes premios, antes de los nombres universales, hay que hablar de las condiciones que hacen posible una cultura arquitectónica de alto nivel. Hay que hablar de los maestros que sostienen una escuela y de esos actos discretos de generosidad que, vistos desde lejos, acaban revelándose decisivos. Fernando Pérez Oyarzún ocupa exactamente ese lugar.
Luis Cercos, París, marzo de 2026.
.jpg)



No hay comentarios:
Publicar un comentario