Hace tiempo que me interesa esa contradicción y por eso comienzo hoy una nueva serie que he llamado "La vitrina de lo cotidiano", dedicada a objetos cuya importancia procede de su capacidad para explicar cómo hemos vivido. No trato aquí de convertir todo objeto viejo en patrimonio, sino de intentar reconocer cuándo algo corriente comienza a convertirse en testimonio de una inteligencia, una tecnología y de unas relaciones sociales.
Para comenzar he elegido uno de los objetos más modestos que podía imaginar, un pequeño libro de bolsillo que en 1935 costaba seis peniques. Cuando Allen Lane lanzó los primeros Penguin Books, la propuesta consistía en poner buena literatura, una producción digna y un diseño cuidado al alcance de un público muy amplio. El precio equivalía aproximadamente al de un paquete de cigarrillos y la innovación no consistió en inventar el libro en rústica, que ya existía, sino en demostrar que economía, calidad literaria, diseño y distribución masiva podían formar parte de una misma operación cultural. Diez meses después se había alcanzado ya el millón de ejemplares impresos.
También las cubiertas explican esa ambición. Tres bandas horizontales, una zona central clara, una tipografía legible y un código de colores permitían reconocer las colecciones. El naranja identificaba la ficción general, el verde la novela criminal y el azul la biografía y la autobiografía. El color no decoraba, sino que organizaba la información, mientras la repetición de una misma estructura convertía cada libro en parte de una colección reconocible.
Hay algo en este sistema que me resulta inevitablemente arquitectónico. Una retícula organiza los elementos, una jerarquía tipográfica ordena la información, el color funciona como un programa y una envolvente común permite reconocer cada pieza como parte de un conjunto. Cada libro conserva su identidad, pero acepta una disciplina compartida.
Penguin consiguió además resolver una contradicción que continúa pareciéndome profundamente contemporánea. La economía no fue enemiga de la calidad formal, sino casi lo contrario. Porque había que producir millones de ejemplares a un precio muy bajo, el diseño tuvo que transformarse en sistema, ordenar la producción y encontrar dignidad dentro de la escasez.
Es aquí donde, para mí, comienza la cuestión patrimonial de Penguin.
Louis CERCOS, París, agosto 2026.

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