La casa de Ulises
La Odisea parece, a primera vista, un poema del viaje. Lo es, sin duda. Pero es también, de una manera más secreta y más profunda, un poema de la casa. No solo de la casa a la que se vuelve, sino de la casa que acompaña al hombre en su ausencia, de la casa que persiste en la memoria, de la casa que da al viaje su sentido último y que convierte el regreso en algo más serio que un simple desplazamiento en el espacio.
Claudio Magris comprendió muy bien que Ítaca no era solo una isla, sino una figura interior. Homero también lo sabía. Ulises no quiere regresar únicamente a un lugar. Quiere recuperar un orden. Quiere volver a una forma de la vida, a una disposición de los cuerpos, de los objetos, de las voces y de los silencios. Por eso su regreso no es solamente un itinerario. Es una restitución.
Tal vez toda vocación arquitectónica nazca ahí, en una experiencia más antigua y más humilde que cualquier teoría. No en los grandes edificios ni en la fascinación por la escala, sino en la casa. En la casa de la infancia, en la casa de los padres, en una escalera, en una ventana, en una mesa, en la forma de una habitación al atardecer. Antes que el tratado, antes que el manifiesto, antes incluso que el dibujo, está esa memoria primera en la que la arquitectura entra en nosotros como un recuerdo y como una promesa de orden.
La casa de Ulises sigue en pie. Esa es una de las intuiciones más hondas del poema. Sus muros permanecen, sus salas son reconocibles, su forma subsiste. Y, sin embargo, algo esencial se ha perdido. Los pretendientes han alterado la verdad de la casa sin necesidad de derribarla. Han introducido en ella la desmesura, el abuso, la espera degradada, la ocupación sin legitimidad. La casa sigue siendo visible, pero ya no es la misma.
Un arquitecto debería detenerse largamente en esa lección. La arquitectura no reside solo en la materia. Una casa no se agota en sus muros. Hay un orden del habitar, una legitimidad, una correspondencia entre el espacio y la vida que puede corromperse sin que nada, en apariencia, se destruya. También por eso la casa es la prueba más difícil para un arquitecto. En ella no bastan la técnica ni la invención formal. Hay que dar forma a una vida, a su medida, a su intimidad, a sus ritmos, a su memoria.
No es casual que tantos arquitectos hayan alcanzado una suerte de inmortalidad por una casa. Palladio, Le Corbusier, Mies, Philip Johnson, Venturi, Malaparte, Murcutt. En la casa, la arquitectura comparece sin protección y sin excusas. Allí se ve enseguida lo que un arquitecto sabe y lo que ignora. Allí la disciplina se enfrenta a su verdad más desnuda.
La Odisea sigue siendo así un libro esencial para quien proyecta. Nos recuerda que toda arquitectura nace, de un modo u otro, de la necesidad de una casa. De una casa desde la que partir, de una casa que haga posible el recuerdo y de una casa a la que volver cuando el mundo se ha vuelto incierto. Quizá por eso la literatura y la arquitectura, que son dos formas de ordenar la experiencia humana en el tiempo, vuelven siempre, como Ulises, a la casa.
Louis CERCOS, París, marzo de 2026.

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