miércoles, 25 de marzo de 2026

Por qué un arquitecto debería leer a Homero (4/10)






Schliemann: entre la intuición justa y la terapia excesiva.

Indro Montanelli, en su Historia de los griegos, retrata a Heinrich Schliemann con una mezcla de ironía y respeto que lo sitúa fuera de cualquier clasificación. No era un arqueólogo en el sentido académico del término, ni un científico metódico, sino algo más singular y, en cierto modo, más inquietante: un lector que decidió creer en un texto hasta el punto de actuar sobre él. Aprendía lenguas con una disciplina obsesiva. Entre todas ellas, el griego ocupaba un lugar aparte, porque le permitía acercarse directamente a Homero. La Ilíada fue para él una obra literaria que había que leer con la intensidad de un mapa o de un territorio.

Montanelli recuerda incluso su célebre anuncio para encontrar esposa: una mujer que supiera griego moderno, compartiera su entusiasmo por Homero y estuviera dispuesta a acompañarlo en la búsqueda de Troya. El episodio es extravagante, pero tiene también algo de admirable obstinación. No buscaba solo una compañera, sino una asociada para la empresa. Eso es precisamente lo que vuelve tan interesante a Schliemann para un arquitecto. Hace algo que todo proyectista reconoce: parte de un relato y lo transforma en diagnóstico.

Su llegada a Hissarlik fue la consecuencia directa de su lectura y estudio de La Ilíada. Fue el resultado de un diagnóstico que era, en lo esencial, correcto. Troya estaba allí. Esa es la grandeza de Schliemann y la razón por la que su figura nos sigue fascinando.

Pero precisamente ahí comienza el problema. Porque el paso siguiente, el de la terapia, no estuvo a la altura de la finura de su lectura inicial. En su impaciencia por alcanzar la Troya homérica, Schliemann excavó con una violencia que hoy nos resulta inaceptable. Destruyó estratos, borró huellas, simplificó brutalmente una realidad mucho más compleja que la que su deseo quería confirmar. Allí donde el diagnóstico había sido sutil, la intervención fue desproporcionada. Pero encontró Troya.

Esa es la tensión que su figura nos obliga a pensar. Porque el acierto del resultado no absuelve de los excesos del proceso. Una intuición justa puede conducir a una intervención irreversible. Un diagnóstico brillante puede desembocar en una terapia excesiva. Para nosotros, la lección es decisiva. Nuestro trabajo se sitúa siempre entre comprender y actuar. Todo comienza por una lectura, continúa en un diagnóstico y desemboca en una intervención que solo es legítima si sabe encontrar su medida.

Schliemann encarna un caso límite de la práctica proyectual: la potencia de una interpretación llevada hasta sus últimas consecuencias y, al mismo tiempo, el peligro de no saber gobernar la energía que esa interpretación libera.

Por eso su figura sigue siendo tan actual. No por lo que descubrió, sino por lo que pone en evidencia: que todo diagnóstico implica una toma de posición y que toda terapia exige una medida.

Louis CERCOS, Paris, mars 2026.

martes, 24 de marzo de 2026

Por qué un arquitecto debe leer a Homero (3/10)




La muralla, la puerta y el campamento: la Ilíada como poema del límite.

Si la Odisea es el poema del retorno y de la casa reencontrada, la Ilíada es, en su raíz más profunda, el poema del límite. No de un perímetro abstracto, sino del límite construido, defendido, atravesado y, finalmente, destruido. Troya es una ciudad definida por su muralla. Todo lo que ocurre en la Ilíada se organiza en relación con esa frontera: dentro, fuera o en su proximidad inmediata. La muralla ordena el espacio, el tiempo y el sentido del conflicto. Es la materialización de una decisión colectiva: establecer un límite entre un orden habitable y la violencia del mundo.

Pero ese límite no es absoluto. La muralla nos protege, pero también nos expone. Sus puertas son lugares de paso, de negociación, de espera, de combate y, a veces, de destino. Allí se producen encuentros decisivos y despedidas irreversibles, momentos en los que la guerra parece detenerse antes de reanudarse con mayor violencia. La puerta introduce una lección: todo límite debe ser regulado, no clausurado. No hay ciudad sin apertura, pero tampoco sin control de esa apertura.

Frente a la ciudad, el mundo aqueo organiza otra forma de arquitectura: el campamento. Las naves varadas en la playa, alineadas y convertidas en refugio, constituyen una arquitectura provisional, nacida de la urgencia y orientada hacia la guerra. Entre las naves y el campo de batalla, los aqueos levantan un muro, una empalizada, un foso. Es una arquitectura sin vocación de permanencia, efímera, pero no por ello carente de sentido. En ella se revela una dimensión esencial de nuestra disciplina: construir límites incluso en la precariedad, instituir un orden mínimo en medio de la incertidumbre.
La Ilíada nos muestra así dos formas de arquitectura enfrentadas: la ciudad, que aspira a la duración y a la memoria, y el campamento, que responde a la contingencia y a la necesidad inmediata.

Leer la Ilíada en clave arquitectónica es comprender que toda construcción nace en ese punto inestable en el que es necesario trazar un límite sin poder garantizar nunca su permanencia. La muralla puede caer, la puerta puede ser forzada, el campamento puede ser abandonado. Pero construir, como navegar, sigue siendo siempre necesario.

En una época como la nuestra, en la que las fronteras físicas parecen diluirse mientras proliferan otras formas de límite —invisibles, culturales, técnicas o administrativas—, Homero nos recuerda que la arquitectura consiste en definir las condiciones bajo las cuales un mundo humano puede mantenerse frente a aquello que lo amenaza.

Quizá por eso la Ilíada no es solo un poema de guerra. Es también, más profundamente, un tratado sobre el perímetro. Y todo arquitecto, antes o después, debe enfrentarse a esa cuestión esencial: dónde trazarlo, cómo construirlo y qué estamos realmente tratando de proteger cuando lo hacemos.

Louis CERCOS, París, marzo 2026.

lunes, 23 de marzo de 2026

Pourquoi un architecte devrait lire Homère (2/10)



Le lit d’olivier : architecture, enracinement et mémoire.

Il existe, dans l’Odyssée, un moment qui contient l’une des intuitions architecturales les plus profondes de toute la littérature occidentale. Il s’agit d'un simple lit. Mais dans ce lit se condense une idée de l’architecture qui traverse le temps et atteint directement notre discipline.

Lorsque Ulysse revient à Ithaque, Pénélope décide de mettre à l’épreuve son identité. Elle introduit un geste qui est en réalité une vérification architecturale. Elle ordonne que l’on déplace le lit nuptial. La réponse d’Ulysse est immédiate et indignée : ce lit ne peut pas être déplacé. Ce n’est pas un meuble. C’est une construction.

Ulysse avait façonné ce lit à partir d’un olivier enraciné dans la terre. Autour de ce tronc, il avait élevé la chambre, ajustant les murs, la toiture et la disposition de l’espace à cette présence centrale. Le lit n’a pas été introduit dans la maison : la maison a été construite autour du lit. Et le lit, à son tour, a été sculpté à partir de quelque chose qui était déjà là, qui avait des racines.

Ce geste contient plusieurs leçons fondamentales.

En premier lieu, l’architecture apparaît comme un acte de reconnaissance avant d’être un acte d’imposition. Ulysse n’arrache pas l’olivier pour le transformer en matière disponible. Il le reconnaît comme fondement et décide de construire avec lui, et non contre lui.

En deuxième lieu, le lit introduit une idée radicale de stabilité. Il n’est pas stable parce qu’il est bien assemblé, mais parce qu’il est ancré. Sa permanence ne dépend pas seulement de la technique, mais de son lien avec le sol.

En troisième lieu, ce passage nous parle de la mémoire. Le lit est le dépôt matériel d’une histoire partagée. C’est un objet construit à un moment précis et qui conserve, dans sa forme, la trace de cet acte fondateur. Pénélope ne demande pas un souvenir abstrait, mais une construction concrète. La mémoire se vérifie dans l’architecture.

Mais il y a encore autre chose. Le lit d’olivier établit une relation entre nature et artifice qui se trouve à l’origine même de l’architecture. Il n’y a pas ici d’opposition entre le naturel et le construit, mais une continuité. L’arbre ne disparaît pas dans l’œuvre : il y demeure, il la soutient, il la traverse.

À une époque comme la nôtre, où tant d’architectures semblent avoir perdu leur relation au lieu, à la matière et au temps, ce passage d’Homère acquiert une force inattendue. Il nous rappelle que construire consiste à reconnaître ce qui ne doit pas être déplacé, ce point fixe autour duquel un monde habitable peut s’organiser.

Peut-être est-ce pour cela que le lit d’Ulysse est bien plus qu’un épisode littéraire. Il est une leçon d’architecture antérieure à tous les traités. Une manière de comprendre que toute œuvre véritable commence par un acte d’enracinement et se vérifie dans sa capacité à demeurer.

Louis CERCOS, Paris, mars 2026.

domingo, 22 de marzo de 2026

Pourquoi un architecte devrait lire l’Iliade et l’Odyssée ? (1/10)



On dit souvent qu’un architecte doit lire, mais on explique rarement pourquoi, ni quels livres participent réellement à sa formation profonde. Je crois que certains textes n’arrivent pas après l’architecture, comme un supplément de culture, mais avant elle, presque à sa source. C’est le cas de l’Iliade et de l’Odyssée. Car chez Homère, l’architecture est liée à la guerre, au voyage, à l’hospitalité, à la mémoire, à la ruine, au retour et à la fondation d’un ordre habitable.

Lire Homère en architecte, c’est comprendre que la ville, la muraille, le campement, la nef, la salle, le seuil, la maison et même le lit appartiennent encore à un même monde de significations. L’Iliade est un poème de la cité menacée. L’Odyssée, celui de la maison, du retour et de la reconquête d’un ordre domestique légitime. Entre les deux se déploie presque tout ce qui fonde notre discipline : la protection, la limite, l’enracinement, la technique, la vulnérabilité des œuvres et leur rapport au temps.

Dans l’Iliade, Troie n’est pas un simple décor. Elle est définie par ses murailles, par ses portes, par cette tension constante entre l’intérieur et l’extérieur, entre ce qui protège encore et ce qui peut être franchi, violé, détruit. Le rempart n’est pas seulement un élément technique. Il est la forme visible d’une limite donnée à la vie humaine, la séparation entre un ordre habitable et la violence du dehors. Il exprime une décision collective de défendre ce qui mérite de l’être. La porte, elle aussi, mérite d’être lue comme un fait architectural majeur. Elle est le point critique où la ville entre en relation avec le monde extérieur, là où se croisent le passage, le risque, le contrôle, l’attente, le combat et parfois le destin. Elle rappelle que l’architecture ne consiste jamais à fermer absolument, ni à ouvrir naïvement, mais à régler avec justesse la relation entre protection et exposition.

C’est peut-être là l’une des premières grandes leçons d’Homère. Construire, dans son sens le plus profond, est instituer une limite juste. C’est décider ce qui doit être protégé, ce qui peut entrer, ce qui doit rester à distance, et sous quelles conditions un monde humain peut encore se maintenir face à ce qui le menace.

Dans les prochaines publications, je reviendrai sur le camp grec et les nefs comme architecture provisoire née de l’urgence, sur le bouclier d’Achille comme représentation condensée du monde, sur Ithaque comme figure du foyer légitime, sur l’hospitalité comme épreuve spatiale et morale, sur le radeau d’Ulysse comme intelligence technique en acte, puis sur le lit d’olivier, l’un des plus beaux passages architecturaux de toute la littérature occidentale. J’essaierai ainsi de montrer qu’Homère peut encore être lu comme un traité antérieur aux traités, un lieu originel où l’architecture n’est pas séparée des grandes conditions de l’existence humaine.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, mars 2026.

sábado, 21 de marzo de 2026

Sobre una obra paralela y un taller abierto.


Un blog como otra forma de construir. 

A veces comprendemos tarde que algunos de los proyectos más importantes de una carrera no son necesariamente los más visibles, ni los más materiales, ni siquiera los que dejan una huella inmediata en el espacio construido. Algunos se levantan de otra manera, con lentitud, con continuidad y con una paciencia que solo el tiempo acaba justificando. Eso es lo que me ocurre hoy al ver que mi blog se acerca al millón de visitas. No siento esa cifra como un dato exterior ni como un motivo de satisfacción superficial, sino como la confirmación de que, durante años, he estado construyendo también ahí una obra paralela.

Con el tiempo he entendido que ese blog no ha sido un apéndice de mi carrera, ni un simple cuaderno de notas, ni una vitrina profesional. Ha sido otro de mis proyectos. Un proyecto intelectual paralelo a los edificios restaurados, a las obras dirigidas, a los espacios públicos concebidos, a los muebles diseñados y a la experiencia acumulada entre arquitectura, patrimonio e instituciones. Un lugar en el que he intentado transformar la práctica en reflexión, la experiencia en lenguaje y el trabajo cotidiano en una forma de pensamiento que pudiera ser compartida.

Hoy creo que en ese espacio se puede leer mi trayectoria en cuatro planos distintos, aunque profundamente unidos entre sí. Está, en primer lugar, el arquitecto-restaurador, formado en el contacto directo con la materia, con el oficio, con el diagnóstico y con la responsabilidad concreta de intervenir sobre lo heredado. Está también el servidor público que piensa, porque una parte esencial de mi recorrido me ha llevado a entender la arquitectura, la restauración y la gestión cultural como formas de servicio y como ejercicios de reflexión sobre el bien común. Está igualmente el autor que, después de muchos años de práctica, siente la necesidad de ordenar su experiencia, de someterla a examen y de intentar formular una teoría propia. Y está, finalmente, el docente universitario, que devuelve todo ello a la sociedad en forma de enseñanza, de debate y de conciencia crítica, especialmente hoy en torno a cuestiones como el neocolonialismo tecnológico.

Si algo da unidad a esos cuatro planos, no es la voluntad de exhibición, sino un método. En ese recorrido hay reflexión, hay deconstrucción de mi propia carrera, de mis éxitos, de mis fracasos y de mis aprendizajes. Hay también diagnóstico, sobre todo cuando salgo de España para seguir ejerciendo fuera y me veo obligado a volver a pensar mi lugar, mi lengua y mi oficio en otros contextos. Hay terapia, entendida como búsqueda de sentido y como respuesta a las fracturas del presente. Y hay, por último, un compromiso contemporáneo con la sociedad y con el mundo en el que vivimos, que para mí no puede separarse ni de la arquitectura, ni del patrimonio, ni de la escritura, ni de la docencia.

Por eso, ahora que el blog se acerca a esa cifra simbólica, me ha parecido oportuno invitar a quienes siguen mi trabajo aquí a pasar también por ese otro espacio. No encontrarán un escaparate, sino un taller. No una colección de logros, sino el rastro de una trayectoria vivida desde dentro, pensada a lo largo del tiempo y escrita con la convicción de que también la reflexión sostenida forma parte de una obra.

Mi blog, Atelier de teoría de la arquitectura y del patrimonio, es ya inseparable de mi propia manera de construir.

Luis CERCOS, marzo 2026.  

El Despacho Oval y la degradación del símbolo. Sobre un prestigio perdido.






Hay lugares cuya fuerza no depende solo de la arquitectura. El Despacho Oval fue durante mucho tiempo uno de esos lugares. No hablo de inocencia, porque no la hubo nunca. Desde ese mismo recinto se legitimaron intervenciones, guerras, presiones y silencios que pesaron dolorosamente sobre América del Sur, sobre Asia y sobre tantas otras geografías heridas. Pero incluso entonces subsistía una ficción útil que obligaba a distinguir entre la institución y el temperamento del hombre que la ocupaba.

Eso es precisamente lo que hoy parece haberse roto. Lo que se está perdiendo no es solo el prestigio de un presidente, sino el espesor simbólico de un espacio que durante décadas se presentó como el corazón visible de una democracia. Un recinto institucional puede soportar decisiones injustas, incluso episodios oscuros, y sin embargo conservar todavía cierta solemnidad. Lo que soporta peor es la vulgarización del poder. Cuando el sarcasmo sustituye al decoro, cuando la exhibición ocupa el lugar de la contención, cuando el fuerte se ríe del débil y el gesto público adopta la forma de una mueca cruel, no solo cae un hombre: cae también la escena que debía contenerlo. Reuters recogió ya en 2015 el lamentable y triste episodio en el que Trump imitó con burla, gestos y habla a un periodista con discapacidad que le incomodaba.

La cuestión excede de lejos el gusto decorativo o la anécdota política. No estamos ante una simple discusión sobre estilo presidencial, sino ante la conversión del símbolo en decorado. El problema no es que el Despacho Oval cambie, porque todos los espacios de poder cambian. El problema es que parezca ya incapaz de imponer una medida o una dignidad a quien lo ocupa. Cuando una institución deja de ennoblecer el cargo y empieza a ser rebajada por él, el deterioro no es solo ornamental.

A esa degradación interna se une, además, la dureza creciente de una política migratoria que devuelve al símbolo una sombra todavía más amarga. Reuters informó en febrero de 2026 de la ampliación de las facultades de ICE para detener incluso a refugiados legales pendientes de regularización definitiva. También informó del refuerzo de las redadas laborales y del aumento masivo de capacidad de detención, signos de una política que penetra de forma cada vez más agresiva en la vida ordinaria de los trabajadores.

Eso es lo que hace que la tristeza sea hoy más honda. Porque durante mucho tiempo fue posible denunciar la violencia exterior de Estados Unidos y, al mismo tiempo, reconocer que su presidencia conservaba aún una cierta disciplina formal, una cierta obligación de no envilecer del todo el escenario. Hoy esa distancia se ha evaporado. La brutalidad ya no actúa solo en los márgenes del imperio, sino que se instala en el centro mismo de su teatro. Recuperar el prestigio perdido del Despacho Oval será una tarea casi imposible.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, marzo 2026.