domingo, 1 de febrero de 2026

La Encyclopædia Britannica (1771)




Nada nace por generación espontánea. El 1 de febrero de 1771 se publica en Londres la primera edición de la Encyclopædia Britannica. El gesto, aparentemente editorial, es en realidad profundamente intelectual: ordenar el saber y darle forma, para hacerlo transmisible. Como toda obra mayor, no surge de la nada. Es uno de esos eslabones visibles de una genealogía larga y compleja.

Nada nace por generación espontánea. Tampoco el pensamiento.

En esa genealogía remota están las Etimologías de Isidoro de Sevilla, verdadero intento fundacional de conservar y transmitir el conocimiento antiguo tras la caída del mundo romano. No se trataba de innovar, sino de salvar, ordenar y legar. A partir de ahí, durante siglos, el saber se organiza en summae medievales, en compilaciones monásticas y universitarias, en bibliotecas que funcionan como depósitos de memoria más que como espacios de discusión.

Con el Humanismo y el Renacimiento, esa tradición se reactiva. Aparecen los grandes tratados técnicos, científicos y artísticos, los diccionarios humanistas, las academias, los gabinetes de curiosidades. El saber se clasifica, se especializa y circula con mayor velocidad gracias a la imprenta. No cambia aún su ambición de totalidad, pero sí su método y su público.

En 1728, en Londres, Ephraim Chambers publica su Cyclopaedia. Es un punto de inflexión decisivo. Por primera vez, el conocimiento se organiza sistemáticamente mediante entradas alfabéticas y referencias cruzadas que invitan al lector a desplazarse y relacionar ideas. El saber deja de ser solo acumulación y empieza a ser red.

A partir de esa obra nace directamente L’Encyclopédie de Denis Diderot y Jean le Rond d’Alembert. Los enciclopedistas franceses asumen el método de Chambers, pero lo transforman radicalmente. Donde él describe, ellos interpretan; donde ordena, discuten; donde clasifica, introducen crítica. La enciclopedia se convierte en un instrumento intelectual y político. La Ilustración no inventa el deseo de totalidad: lo seculariza y lo pone al servicio del ciudadano.

Desde ese humus intelectual nace, pocos años después, la Encyclopædia Britannica. Más sobria, menos combativa, pero igualmente ambiciosa en su objetivo: reunir el conocimiento disponible, jerarquizarlo y hacerlo accesible. Como en la Encyclopédie, su importancia no reside solo en los contenidos, sino en la estructura mental que propone. Clasificar es pensar. Ordenar es interpretar.

Con el tiempo, la Britannica crecerá, se corregirá, se ampliará y se contradirá a sí misma. Esa evolución no es un defecto, sino su condición de existencia. El saber no es un bloque estable, sino un organismo vivo.

Pensar enciclopédicamente es aceptar que nada nace solo; y que el conocimiento, como el patrimonio, solo sobrevive si se conserva, se transmite y se mantiene en movimiento.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, Normandie, février 2026.

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