domingo, 1 de febrero de 2026

D. Fernando Chueca Goitia (1911–2004)



Hay maestros que lo son para uno no por haber firmado un acta ni por figurar en un plan de estudios. D. Fernando fue uno de los míos en ese sentido no académico. Nunca lo tuve como profesor universitario, pero lo conocí y lo escuché en unos cursos que él organizaba con enorme frecuencia en Ávila, a finales de los años noventa, junto a algunos de sus discípulos más cercanos y brillantes, entre ellos Pedro Navascués y José Miguel Merino de Cáceres. Había otros, por supuesto, pero en mi memoria esos tres forman un triángulo intelectual muy nítido.

Conocí a Chueca entre 1997 y 2000, él ya era muy mayor. Admiré enormemente su obra como historiador; bastante menos su producción como arquitecto, y tampoco me sentí nunca próximo a sus postulados como restaurador, ni a su estilo ni a sus criterios. Sus conferencias, lo confieso, me resultaban monótonas, probablemente en su juventud fuese distinto. Pero bastaba que se bajase del estrado y caminar a su lado (siempre entre sus oyentes, por supuesto), en visitas a ciudades o monumentos, para que todo cambiara. Ahí se transformaba: era un maestro absoluto. Su capacidad para improvisar, para enlazar un detalle con una idea; o una calle con una civilización entera, era deslumbrante.

Quiero volver hoy a su libro más influyente, "Invariantes castizos de la arquitectura española". En él, propone allí algo que sigue siendo fértil: la existencia de constantes profundas y atemporales en la arquitectura española, no como folclore, sino como estructura cultural.

Entre esos invariantes él enumera:

- La primacía del espacio interior sobre la fachada,
- La arquitectura entendida como recinto y no como objeto,
- El patio como corazón organizador,
- El muro como límite espeso y protector,
- La sobriedad ornamental,
- La desconfianza hacia el gesto gratuito,
- La preferencia por la masa,
- La sombra y la penumbra (en esto nuestra arquitectura enlaza con la italiana),
- Y una cierta vocación de permanencia silenciosa.

Todo ello como expresión de una manera colectiva de habitar y de ordenar el mundo. Aquí es donde, con los años, he sentido que me unía a él más de lo que pensaba. No desde la idea de “carácter nacional”, que hoy me resulta problemática, sino desde el desplazamiento de la mirada. Chueca nos enseñaba a no quedarnos en la biografía del autor ni en la epidermis formal, sino a buscar estructuras profundas.

Yo he intentado llevar esa intuición hacia otros lugares: del invariante abstracto al programa concreto, del supuesto “carácter” a las ideas que lo producen, del estilo a la institución, del arquitecto aislado al promotor y al sistema de transmisión del saber.

La arquitectura importa porque piensa. Con el tiempo, he intentado añadir otras pregunta a las suyas: quién necesitaba que ese edificio fuera así, qué quería enseñar, a quién y durante cuánto tiempo. Un diálogo que sigue abierto.

Luis Cercos, Normandie, 2026.

No hay comentarios:

Publicar un comentario