Conocí a Chueca entre 1997 y 2000, él ya era muy mayor. Admiré enormemente su obra como historiador; bastante menos su producción como arquitecto, y tampoco me sentí nunca próximo a sus postulados como restaurador, ni a su estilo ni a sus criterios. Sus conferencias, lo confieso, me resultaban monótonas, probablemente en su juventud fuese distinto. Pero bastaba que se bajase del estrado y caminar a su lado (siempre entre sus oyentes, por supuesto), en visitas a ciudades o monumentos, para que todo cambiara. Ahí se transformaba: era un maestro absoluto. Su capacidad para improvisar, para enlazar un detalle con una idea; o una calle con una civilización entera, era deslumbrante.
Quiero volver hoy a su libro más influyente, "Invariantes castizos de la arquitectura española". En él, propone allí algo que sigue siendo fértil: la existencia de constantes profundas y atemporales en la arquitectura española, no como folclore, sino como estructura cultural.
Entre esos invariantes él enumera:
- La primacía del espacio interior sobre la fachada,
- La arquitectura entendida como recinto y no como objeto,
- El patio como corazón organizador,
- El muro como límite espeso y protector,
- La sobriedad ornamental,
- La desconfianza hacia el gesto gratuito,
- La preferencia por la masa,
- La sombra y la penumbra (en esto nuestra arquitectura enlaza con la italiana),
- Y una cierta vocación de permanencia silenciosa.
Todo ello como expresión de una manera colectiva de habitar y de ordenar el mundo. Aquí es donde, con los años, he sentido que me unía a él más de lo que pensaba. No desde la idea de “carácter nacional”, que hoy me resulta problemática, sino desde el desplazamiento de la mirada. Chueca nos enseñaba a no quedarnos en la biografía del autor ni en la epidermis formal, sino a buscar estructuras profundas.
Yo he intentado llevar esa intuición hacia otros lugares: del invariante abstracto al programa concreto, del supuesto “carácter” a las ideas que lo producen, del estilo a la institución, del arquitecto aislado al promotor y al sistema de transmisión del saber.
La arquitectura importa porque piensa. Con el tiempo, he intentado añadir otras pregunta a las suyas: quién necesitaba que ese edificio fuera así, qué quería enseñar, a quién y durante cuánto tiempo. Un diálogo que sigue abierto.
Luis Cercos, Normandie, 2026.


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