sábado, 21 de febrero de 2026

Restaurar Europa (1)


Restaurar Europa: criterios de intervención y ética del proyecto (1)

En 2002, Rem Koolhaas propuso para la Unión Europea una bandera compuesta por franjas verticales que condensaban los colores de todos los Estados miembros. Un “código de barras” europeo. No era una provocación gráfica; era una tesis política: la unidad no como homogeneización, sino como suma estructurada de diferencias.

Aquella propuesta gráfica condensa una pregunta que Europa se formula desde hace más de mil años: ¿cómo articular lo múltiple sin destruirlo?

Carlomagno intentó una primera síntesis imperial que no suprimía las identidades locales, sino que las integraba bajo una reforma cultural y administrativa común.

Carlos V gobernó una monarquía compuesta, donde leyes y territorios distintos coexistían bajo una misma estructura de poder.

Después de 1945, la integración europea abandonó la lógica imperial y adoptó la cooperación institucional: el Consejo de Europa como suelo axiológico de derechos, la Comunidad Económica Europea como técnica de interdependencia para garantizar la paz, la posterior Unión Europea como arquitectura jurídica compleja basada en la subsidiariedad.

Europa siempre ha sido un proyecto. La idea de una “Europa de las regiones” frente a una “Europa de las naciones” no es una disputa administrativa; es una cuestión estructural. ¿Dónde se deposita la legitimidad? ¿Cómo se distribuyen las cargas? ¿Qué escala prevalece? La historia europea es una sucesión de intentos de compatibilizar capas superpuestas de soberanía, cultura y memoria.

Y ahí es donde el “código de barras” resulta tan interesante: no inventa un símbolo nuevo, reorganiza fragmentos existentes bajo una regla común. Es una operación de recomposición. Pero también es una advertencia: toda recomposición implica una elección de método, y todo método define qué se conserva, qué se subordina y qué se hace legible.

Esa tensión no es trivial. Es la misma tensión que atraviesa hoy el patrimonio cultural: ¿debemos proteger piezas aisladas o comprender sistemas vivos? ¿Debemos conservar identidades cerradas o aceptar hibridaciones históricas? ¿Debemos fijar una imagen o aceptar un proceso?

Europa no es una federación clásica ni una simple confederación. Es una construcción en permanente restauración conceptual. Y quizá el verdadero debate no sea si debe parecerse a los Estados Unidos, sino qué criterios de intervención queremos aplicar sobre su propia historia. Si Europa es una obra en permanente transformación, entonces la pregunta no es solo política. Es técnica.

Como restaurador de arquitecturas preexistentes, he aprendido que un edificio no es un objeto, sino un conjunto de estratos: materiales, usos, heridas, añadidos, memorias. Intervenir en él exige reglas claras: mínima intervención, compatibilidad, reversibilidad, legibilidad de lo nuevo, respeto a la estratigrafía. No se trata de imponer una forma final, sino de garantizar la continuidad de un proceso.

Curiosamente, esos mismos criterios podrían aplicarse al proyecto europeo. Tal vez el desafío no consista en definir una imagen definitiva de Europa, sino en establecer un método justo para intervenir en ella.

Mañana seguimos.

Luis Cercós, Condé-sur-Risle, 2026. 

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