Se ha citado mal muchas veces al maestro Alejandro de la Sota cuando se repite aquello de que los arquitectos deben dar “liebre por gato”. No era una invitación al engaño. Era una advertencia ética: el arquitecto no está para repetir lo que se le pide, sino para entenderlo mejor que nadie y devolverlo transformado. Más claro. Más ajustado. Más necesario.
En el Gimnasio del Colegio Maravillas, el solar difícil y el presupuesto ajustado no son excusas. Son materia de proyecto. La sección resuelve el conflicto. La estructura ordena. La luz completa. La arquitectura aparece sin ruido. Convertir una limitación en intensidad: eso es dar “liebre por gato”.
Pero esa actitud no empieza en el siglo XX. Francesco Borromini, en San Carlo alle Quattro Fontane, construye monumentalidad en un solar mínimo, con geometría y luz como únicas armas.
Gian Lorenzo Bernini, en la plaza de San Pedro, corrige con su columnata la desproporción de la fachada de Carlo Maderno sin tocarla. No compite con lo heredado: lo mejora desde fuera.
En el siglo XX, la misma ética reaparece en quienes trabajan desde la economía de medios:
Jean Prouvé hace de la técnica industrial claridad estructural, sin retórica.
Eladio Dieste transforma el ladrillo en estructura vibrante; la escasez se convierte en precisión.
Félix Candela resuelve grandes luces con láminas finísimas de hormigón; la belleza nace del cálculo, no del adorno.
En Sigurd Lewerentz, la contención es radical: ladrillo, sombra y gravedad construyen una atmósfera profunda sin artificio. Nada sobra. Todo pesa.
Sverre Fehn dialoga con el lugar sin imponerse; en el Pabellón Nórdico de Venecia filtra la luz como si levantara un bosque. No compite con el contexto, lo interpreta.
Eduardo Souto de Moura trabaja desde una austeridad consciente. Piedra, hormigón, proporción. Sus edificios e intervenciones comparten la misma actitud: ajustar, no exhibir.
Rafael Moneo, en Mérida, dialoga con Roma sin imitarla; la materia y la escala hacen el trabajo silencioso.
John Pawson reduce hasta lo esencial sin caer en el vacío; disciplina espacial, no minimalismo superficial.
Tadao Ando construye silencio con hormigón y luz; el límite se convierte en experiencia.
Y hoy, quizá con más claridad que nadie, Lacaton & Vassal transforman viviendas existentes con presupuestos limitados, añadiendo espacio y dignidad sin demoler. Mejorar sin destruir.
Todos ellos comparten algo: no buscan el icono. Buscan la medida. No parten del efecto, sino de la necesidad. Trabajan con límites y los convierten en ventaja.
Dar “liebre por gato” no significa hacer más. Significa hacer mejor.
Luis Cercos, Francia, 2026.


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