Durante mucho tiempo tendemos a contar la historia de la restauración a través de nombres propios. En la España de la posguerra se consolidó un modelo fuerte, territorial, basado en arquitectos conservadores de zona con responsabilidades enormes. Luis Menéndez-Pidal, Alejandro Ferrant, Manuel Lorente Junquera, José María Rodríguez Cano, Félix Hernández Jiménez, Francisco Prieto-Moreno, junto a auxiliares como Pons Sorolla, Fernando Chueca Goitia o José Manuel González Valcárcel, organizaron el país monumentalmente. No eran figuras aisladas: formaban parte de un dispositivo técnico y administrativo que entendía la restauración como servicio público estructurado.
Ese modelo fue necesario. Aportó método, continuidad y autoridad técnica. Pero incluso ahí, bajo la apariencia de la figura fuerte del arquitecto restaurador, ya latía una verdad más compleja: ningún monumento se sostiene con una sola disciplina.
El verdadero aprendizaje, para mí, se hizo explícito en el Máster de Restauración de Monumentos (primera promoción, 1995/96) de la Universidad de Alcalá. Allí comprendí que el monumento no es solo forma ni estilo. Es materia que enferma, estratos que dialogan, normas que condicionan, presupuestos que limitan, usos que transforman. Y que la restauración no es suma de especialidades; es articulación crítica de saberes.
A partir de 2011, en concursos de proyecto, como los promovidos por el Ministerio de las Culturas de Chile, el proyecto ya no respondía solo a una forma arquitectónica, sino a una política pública, a una estrategia cultural, a una comunidad concreta. El equipo dejaba de ser un apoyo para convertirse en la condición misma de la candidatura al proyecto.
Más tarde, en Francia, la maîtrise d’œuvre me mostró esa misma idea convertida en estructura contractual. Cada cual con su responsabilidad, su seguro, su firma, su momento. No se diluye la autoría; se organiza.
Con los años he entendido que dirigir un proyecto se parece mucho a jugar al voleibol. Hay momentos para recibir, momentos para colocar y momentos para rematar. Y hay otros en los que lo único inteligente es sostener la estructura para que otro marque el punto. Coordinar no es ceder autoridad; es ejercerla de otro modo.
Aquel número 8, abajo a la derecha, no sabía nada de teoría de la restauración. Pero ya estaba aprendiendo que la arquitectura, cuando es responsable, siempre es coral.
Luis Cercos, París, febrero 2026.

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