domingo, 1 de febrero de 2026

Guillem Sagrera (II): de la iglesia-salón a la plaza civil cubierta.


Para comprender la radicalidad de la Lonja de Palma es necesario situarla en una genealogía precisa: la de los problemas arquitectónicos, cómo cubrir un espacio amplio, continuo, sin jerarquías internas, manteniendo claridad estructural y legibilidad espacial.


La comparación con Santa Maria del Mar me resulta inevitable. Allí se plantea uno de los grandes logros del gótico catalán: una iglesia de tres naves iguales, de la misma altura, donde la diferencia entre nave central y laterales prácticamente desaparece. No hay una jerarquía vertical dominante, sino una experiencia espacial continua, casi horizontal, profundamente moderna en su concepción.

La Lonja de Palma retoma ese mismo reto, pero lo desplaza a un terreno completamente distinto. Ya no se trata de un espacio religioso, sino de un edificio civil y mercantil, representativo del poder económico de la ciudad. Ese cambio de programa no es menor, pues obliga a replantear la relación entre estructura, espacio y uso. Lo que en Santa Maria del Mar es templo, en la Lonja se convierte en plaza cubierta, en espacio urbano interior.

Si observamos con atención la planta de la Lonja, la analogía es clara: tres naves equivalentes, una retícula regular, una ausencia deliberada de ejes dominantes. Pero la operación de Guillem Sagrera va más lejos. Elimina cualquier residuo de axialidad simbólica y refuerza la idea de espacio homogéneo, isótropo, donde no hay un “delante” ni un “detrás”, sino un interior continuo pensado para el intercambio, la negociación y la presencia colectiva.

Los pilares helicoidales desempeñan aquí un papel esencial. No son solo soportes, sino verdaderos organizadores del espacio. Su disposición regular y su esbeltez permiten que la estructura se lea como un orden subyacente, nunca como un obstáculo. La arquitectura no se impone al uso: lo hace posible. Esta claridad estructural, heredera de la iglesia-salón, alcanza en la Lonja un grado de abstracción mayor.

El paso decisivo está en los límites. Mientras que en muchas iglesias góticas los contrafuertes se manifiestan con fuerza en el exterior, en la Lonja quedan absorbidos en el espesor de los muros. La estructura se esconde para liberar el espacio interior. Es un gesto de enorme inteligencia arquitectónica: todo lo necesario está ahí, pero nada estorba. La forma no se exhibe, se deduce.

Así, la Lonja de Palma es una transformación profunda del modelo de la iglesia-salón en arquitectura civil. Sagrera toma una solución ensayada en el ámbito religioso y la lleva a un terreno nuevo, con una coherencia estructural absoluta y una ambición urbana inédita.

En la próxima entrega abordaremos qué ocurre cuando este modelo se consolida y se monumentaliza en otro contexto: la Lonja de la Seda de Valencia. Veremos cómo la réplica puede eclipsar al original y qué ocurre cuando una tipología pasa a convertirse en canon.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, Normandía, 2026.

No hay comentarios:

Publicar un comentario