domingo, 15 de febrero de 2026

Convento de los Dominicos de Villaescusa de Haro.




No conocía la rehabilitación del antiguo Convento de los Dominicos de Villaescusa de Haro hasta ayer. La descubrí por una fotografía publicada en Facebook por su alcalde, Cayetano J. Solana. Una imagen bastó para detenerme. Hay obras que revelan de inmediato la posición intelectual de sus autores y, también, la visión política de quienes las promueven: no tanto por lo que muestran, sino por lo que deciden no hacer.

Por esa razón quiero dedicar hoy esta reflexión a la intervención sobre el Convento de la Santa Cruz, realizada por San Juan Arquitectura. Quien se acerca por primera vez al edificio comprende lo que ocurrió: qué se perdió, qué permaneció, qué se consolida y qué se reinterpreta. No hay confusión entre ruina y reconstrucción; no hay ambigüedad estilística.

Aquí resuena, inevitablemente, la lección de Camillo Boito cuando exigía distinguir con claridad lo antiguo de lo nuevo; la precisión teórica de Gustavo Giovannoni al defender la intervención mínima como acto de respeto; y, más cerca de nosotros, la ética material de Carlo Scarpa, para quien cada encuentro entre materiales debía expresar una verdad constructiva. La restauración, entendida así, no es una operación cosmética, sino un ejercicio de crítica histórica.

La intervención en Villaescusa de Haro parte, según puede leerse en su desarrollo, de una consolidación previa rigurosa. Solo después se procede a restituir la legibilidad espacial. Se recupera volumétricamente la nave, pero sin caer en la falsificación estilística. La madera no pretende ser bóveda de piedra; se limita a trazar en el espacio la memoria estructural del volumen perdido. Es una reconstrucción interpretativa, no escenográfica. La luz cenital no dramatiza: clarifica. El espacio vuelve a ser comprensible sin necesidad de impostura.

Me interesa especialmente la economía de medios. Materiales no excesivamente costosos, soluciones constructivas sencillas, ausencia de alardes tecnológicos innecesarios. Esa sobriedad prueba que la restauración no depende del presupuesto, sino de la posición intelectual. La intervención mínima, cuando es coherente, puede ser más elocuente que cualquier despliegue formal.

He defendido siempre que restaurar no es una especialidad técnica, sino una actitud ante el tiempo. Lo aprendí leyendo a Giovannoni; lo confirmé visitando la obra de José Ignacio Linazasoro en las Escuelas Pías de San Fernando de Lavapiés, donde la ruina se convierte en materia activa de un nuevo orden sin perder su condición de herida; lo he visto también en intervenciones que, como Carracedo, asumieron en su momento el riesgo de dialogar con lo existente sin teatralizarlo.

En Villaescusa de Haro percibo esa misma ética: consolidar antes que rehacer, interpretar antes que reproducir, esclarecer antes que impresionar. La ausencia total de falsificación no es una carencia, sino una toma de partido. Lo nuevo no compite con lo antiguo; lo hace inteligible.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, febrero 2026.

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