Aquel viaje estuvo en gran parte organizado por Ignacio Vicens, por entonces uno de los arquitectos jóvenes más prometedores de España. Discípulo de Sáenz de Oiza y de Carvajal Ferrer, tenía algo poco frecuente: una manera de enseñar que no consistía en explicar, sino en situar.
Siena, su plaza y su Duomo; Pisa; y finalmente Roma. Roma siempre Roma. Visitamos las basílicas mayores, el Foro, el Coliseo, las grandes obras del Barroco. Algo quedó fijado para siempre. No tanto los datos como la forma de leerlos: los juegos de perspectiva de Bernini, el uso de la luz y la sombra en Borromini, la perfección inquietante de San Carlo alle Quattro Fontane.
Casi al final del viaje llegamos a la Villa Borghese. Y allí ocurrió algo distinto. No recuerdo tanto los Caravaggio, que también, como la secuencia de esculturas de Bernini, una tras otra, sin respiro: Eneas, Anquises y Ascanio; el Rapto de Proserpina; el David; hasta llegar a Apolo y Dafne.
Fue delante de esta última escultura que el profesor Vicens se detuvo más tiempo. Y empezó a hablarnos no de Roma, sino de su Roma: de sus años de estudio, de sus reflexiones y del cardenal Scipione Borghese, de su ambición, de su inteligencia política, de los cónclaves que vivió y de aquel en el que estuvo más cerca que nunca del papado. Lo hizo con tal intensidad que ocurrió algo inesperado: los turistas se detuvieron, se acercaron, nos rodearon.
Y en el momento más alto de aquella explicación, Vicens pronunció la frase grabada en el pedestal, en latín, sin traducirla de inmediato: "Quisquis amans sequitur fugitivae gaudia formae" (quien persigue la belleza fugitiva acaba con hojas en la mano y frutos amargos).
En la leyenda, Apolo persigue lo que ama, cree tenerlo al alcance de la mano y, cuando por fin lo toca, Dafne se convierte en laurel. El cardenal Borghese vio en esa escena la alegoría de su propia vida. Participó en los grandes cónclaves de su tiempo y, especialmente en el de 1623, el último en el que tomó parte, llegó a rozar el papado. Cuando parecía tenerlo en la mano, las alianzas cambiaron y el sueño se transformó en otra cosa. Ahí está, creo, la clave.
He pensado muchas veces en aquella mañana romana. Y he comprendido que mi vocación nació allí, como una manera de entender el arte y la arquitectura como instrumento intelectual, moral y temporal. No como un fin, sino como un camino consciente.
Esta historia continúa en 2023 con un giro inesperado que toca a mi esposa y a mis hijos, y que entronca con la biografía de otro Borghese, esta vez de nombre Giorgio; más tarde, Jorge Burgues, primer poblador civil de Montevideo. Pero esa es otra historia que contaré otro día.
Luis Cercos, París, 2026.
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