domingo, 22 de febrero de 2026

Restaurar Europa: criterios de intervención y ética del proyecto (y 2)



La historia reciente del patrimonio cultural nos ofrece un precedente revelador. Durante mucho tiempo, el patrimonio se identificó con el monumento aislado, excepcional, casi intocable. Después comprendimos que no bastaba con conservar objetos singulares: había que proteger contextos, tejidos urbanos, paisajes culturales. Más tarde, el patrimonio dejó de ser únicamente material y pasó a incluir prácticas, saberes, lenguas, memorias colectivas. El paso del monumento al patrimonio mundial, y de este al patrimonio inmaterial, no fue una ampliación cuantitativa, sino un cambio de ontología. Aprendimos que conservar es gestionar relaciones complejas.

Europa ha seguido un camino similar. De los proyectos imperiales pasó a estructuras cooperativas basadas en el derecho y la interdependencia económica. No suprimió las capas históricas; intentó hacerlas compatibles. Esa arquitectura es frágil porque es estratificada. Pero también es resistente precisamente por esa condición.

En el ámbito del patrimonio ya conocemos ese peligro. La digitalización masiva, los modelos predictivos, los sistemas de catalogación exhaustiva son herramientas extraordinarias, pero pueden convertirse en sustitutos del juicio crítico. La tecnología no es neutral cuando impone su propio marco de comprensión. Lo he llamado en otros contextos neocolonialismo tecnológico: la sustitución del discernimiento por el algoritmo, de la interpretación por el formato.

Restaurar, en cambio, es aceptar que ninguna capa posee el monopolio de la autenticidad. Es reconocer que cada intervención debe ser reversible, compatible, legible y proporcional. Es actuar sabiendo que el edificio continuará después de nosotros.

Si trasladamos estos criterios al proyecto europeo, la pregunta cambia radicalmente. No se trata de decidir si Europa debe convertirse en una federación plena o permanecer como unión de Estados soberanos. Se trata de definir cómo intervenir sobre sus estructuras sin destruir las legitimidades existentes, cómo reforzar sin uniformar, cómo integrar sin suprimir.

Europa no necesita una imagen definitiva. Necesita una ética del proyecto. Una ética que comprenda que la unidad no es un resultado formal, sino un equilibrio dinámico. Que entienda que la diversidad no es un obstáculo, sino la materia misma de la construcción europea. Que asuma que toda integración implica responsabilidad histórica.

Quizá, en el fondo, la mayor restauración pendiente en Europa no sea territorial ni administrativa, sino conceptual: aprender a intervenir sobre lo común con la misma prudencia, rigor y conciencia estratigráfica que exigimos cuando tocamos un monumento.

Porque Europa, como cualquier arquitectura histórica, no pertenece solo a quienes la habitan hoy, sino también a quienes la heredarán mañana.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, febrero 2026.

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