domingo, 15 de febrero de 2026

Hacia una restauración contextual.






Si intento formular mi ambición como ensayista, no la entiendo como el deseo de escribir un libro más, sino como la necesidad de fijar una posición intelectual dentro del corpus documental de la disciplina.

Mi ambición no es literaria en primer término, aunque cuide la forma. Es estructural. Aspiro a construir una teoría de la restauración que no dependa de modas, normativas cambiantes o escuelas circunstanciales, sino de una arquitectura conceptual capaz de sostener cualquier intervención, en cualquier lugar y en cualquier tiempo, sin imponer recetas universales. No creo que las teorías occidentales del hemisferio norte deban aplicarse automáticamente en el oriente del hemisferio sur. Mi paso por Sudamérica me enseñó que cada territorio exige su propia lectura, su propio ritmo, su propia economía de medios. Allí comprendí que la restauración no es exportación de doctrina, sino escucha activa de las circunstancias.

He intervenido en rehabilitación urbana, en monumentos, en reciclajes, en arquitecturas públicas contemporáneas. He sido protagonista y secundario. He trabajado en Europa y en América. He conocido la prosperidad y la ruina. He empezado de nuevo. Esa biografía no es anecdótica: es el laboratorio de mi pensamiento. Mi formación técnica se completó con un compromiso social que me obligó a entender que intervenir es también asumir responsabilidades económicas, culturales y humanas.

Mi escritura nace de ahí. No es académica en sentido estricto, aunque esté fundamentada. No es puramente técnica, aunque parta de la obra construida. Es un pensamiento en movimiento que intenta responder siempre a la misma pregunta: ¿cómo intervenir sobre lo heredado sin traicionarlo ni momificarlo, sin imponer modelos ajenos a su contexto?

La teoría que persigo se articula en cuatro pies: deconstrucción, diagnóstico, terapia y compromiso contemporáneo. No son fases administrativas, sino actitudes. Deconstruir es desmontar críticamente los relatos previos. Diagnosticar es leer con precisión y prudencia. Aplicar una terapia es entender la intervención como acto de cuidado. Y asumir un compromiso contemporáneo es reconocer que toda restauración es también una toma de posición en el presente.

Cuando hablo de restauración postcientífica, no rechazo la ciencia; rechazo su absolutización. Cuando hablo de restauración contextual, no propongo relativismo; propongo lectura profunda y situada. Busco una síntesis que supere la oposición entre técnica y cultura, entre análisis y sensibilidad, entre teoría importada y realidad concreta.

Desconfío de las intervenciones largas y excesivamente invasivas. Prefiero actuaciones rápidas, económicamente responsables, ajustadas a los recursos disponibles, capaces de escuchar el lugar antes que imponerle una solución brillante. Creo en intervenciones contenidas, en compromisos medidos, en decisiones que sepan retirarse a tiempo.

Mi método de escritura —fragmentario, biográfico, acumulativo— no es desorden: es ensayo en el sentido fuerte del término. Publicar cada día es mi taller de prueba y error. Allí ensayo hipótesis, mido resonancias, observo qué permanece y qué se desvanece.

Mi ambición no es ser citado; es formular una clave. Encontrar la pieza que ordene el rompecabezas de décadas de práctica, lecturas, viajes, diálogos, fracasos y reconstrucciones. Una pieza que permita decir, con serenidad, qué significa restaurar en nuestro tiempo y desde nuestras circunstancias.

No quiero cerrar el debate; quiero ampliarlo. No busco una escuela con discípulos, sino un marco flexible que pueda ser utilizado, discutido o superado por otros. Me interesa dejar una partitura abierta.

Aspiro, en definitiva, a convertir la restauración en una posición intelectual completa ante el tiempo: una ética, una metodología y una estética capaces de dialogar con la técnica sin someterse a ella y con la historia sin convertirla en dogma. Ese es el texto que estoy buscando. Y lo estoy escribiendo.

Luis CERCOS, Condé-sur-Risle, février 2026. 

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