Hace más de quince años, en uno de los primeros textos de mi blog, mi equipo y yo hablábamos del “desprecio del hábito” en Scarpa. Hoy reformularía aquella intuición así: Scarpa no rechaza el hábito por capricho, sino porque entiende que toda repetición acrítica es una forma de renuncia intelectual. La restauración, cuando abdica del pensamiento, deja de ser una disciplina cultural para convertirse en una técnica de mantenimiento con pretensiones morales.
La intervención de Scarpa en el Museo di Castelvecchio sigue siendo, para mí, uno de los ejemplos más lúcidos de lo que significa restaurar sin someterse a una teoría previa convertida en dogma. Scarpa no aplica un método; construye un criterio. No parte de una doctrina cerrada, sino de una lectura precisa del edificio, de su historia constructiva y de sus falsificaciones heredadas. El edificio no es un objeto a corregir, sino un problema a comprender.
En Castelvecchio no se busca una unidad de estilo ni una imagen idealizada del pasado. Se hace visible la discontinuidad, la superposición, la herida. El monumento se entiende como un palimpsesto en el que el tiempo no debe borrarse, sino leerse. Demoler fragmentos falsificados para revelar capas ocultas no es un gesto destructivo, sino un acto de honestidad intelectual. Mostrar las cicatrices del tiempo no es una concesión poética, es una posición ética.
Por eso sostengo que las intervenciones de Scarpa no pueden leerse desde las categorías clásicas de la restauración arqueológica, estilística o científica. Su trabajo se sitúa en otro lugar: el de una restauración que asume su condición proyectual, pero renuncia al protagonismo formal. Una restauración consciente de llegar después, que no se impone al edificio, sino que dialoga con él.
Cuando Scarpa afirma en 1978 que “en Castelvecchio todo era falso”, no niega el valor del edificio; denuncia una falsificación histórica que había sustituido la complejidad del tiempo por una imagen tranquilizadora. Frente a esa impostura, su respuesta no es la reconstrucción, sino la revelación.
En un momento en que la restauración corre el riesgo de confundirse con una estética de la corrección, volver a Scarpa es recordar algo esencial: restaurar no es repetir, ni embellecer, ni congelar. Restaurar es pensar. Y pensar implica aceptar la incomodidad de no tener respuestas automáticas.
Luis Cercos, París, febrero 2026.

No hay comentarios:
Publicar un comentario