Al llegar a Juan Bautista Villalpando (1575-1608) conviene precisar sus teorías sobre el origen divino de la arquitectura. A diferencia del Renacimiento clásico, Villalpando no lo sitúa en Grecia ni en Roma. El desplazamiento es radical. El modelo fundacional para él no es Vitruvio, sino las Sagradas Escrituras.
El Templo de Salomón no es para Villalpando un símbolo ni una alegoría moral, sino un edificio real, concebido por Dios, susceptible de ser reconstruido mediante la razón humana. La Antigüedad clásica deja de ser fuente primera para convertirse en consecuencia, en reflejo tardío de un orden anterior y superior.
En sus In Ezechielem Explanationes, Villalpando no pretende reconstruir el pasado tal como fue, sino formular cómo debió ser el Templo conforme a una lógica divina. Su posición es la de un exegeta arquitectónico que nos explica e interpreta un texto revelado con los instrumentos del proyecto, convencido de que la arquitectura es capaz de traducir un orden trascendente a partir de la forma construida.
Este punto es esencial y suele malinterpretarse. Villalpando no busca lo verosímil, sino lo normativo. Su proyecto no es descriptivo, es fundacional. Aspira a establecer una arquitectura universal a partir de la Revelación, no desde la tradición humana sino desde un principio divino. De ahí la monumentalidad, la riqueza material, la complejidad del sistema de patios, pórticos y recorridos que tantos reproches le valieron ya entre sus contemporáneos.
Villalpando cierra una manera renacentista de entender la Antigüedad como imitación y abre otra, en la que la arquitectura se concibe como interpretación. La razón no desaparece, pero deja de ser soberana. La geometría ya no legitima por sí sola: traduce. El dibujo no inventa, revela. El proyecto no crea un orden, lo hace visible.
Por eso Villalpando no es todavía barroco en términos formales, pero prepara el terreno intelectual del nuevo estilo que viene. Su lectura del Templo de Salomón alimenta una arquitectura cargada de sentido, de memoria y de cita consciente. No es casual que, décadas después, las columnas salomónicas reaparezcan como motivo central en la arquitectura sacra romana (pienso en el Baldaquino de San Pedro, de Bernini, por ejemplo).
Villalpando ocupa así una posición de transición entre dos épocas, utilizando los instrumentos del Renacimiento para un fin que ya no es renacentista. No pertenece plenamente ni a un mundo ni a otro, y en esa posición intermedia reside su importancia histórica. No inaugura un estilo, inaugura una actitud.
Entenderlo de este modo permite leer la tradición del Templo de Salomón como una línea continua de pensamiento arquitectónico que no avanza por ruptura de estilos, sino por desplazamiento del sentido. Una arquitectura que deja de mirarse solo en el espejo de la Antigüedad para enfrentarse, de nuevo, a la idea de Dios como arquitecto.
Luis Cercos, París, enero de 2026.
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