viernes, 20 de febrero de 2026
A propósito de la inflación patrimonial contemporánea.
Durante siglos no hubo “políticas culturales”, pero sí conciencia de conservación: decisiones, generalmente individuales, de preservar lo heredado, no por nostalgia, sino por continuidad simbólica.
Roma reutilizó templos griegos admirados como modelo. El cristianismo del siglo IV no destruyó las basílicas civiles: las transformó en iglesias sin borrar su estructura. La mezquita de Córdoba fue incorporada como catedral en una operación de superposición.
En el siglo XVII, Borromini intervino en la basílica constantiniana de San Juan de Letrán sin arrasarla: reorganizó sus naves, reforzó su estructura e introdujo una nueva lógica espacial y lumínica, conservando el cuerpo paleocristiano como soporte histórico.
En plena Revolución Francesa, cuando parecía imponerse la iconoclasia, una declaración legislativa de la Asamblea recordó que los hombres libres no son bárbaros que destruyen. Y Quatremère de Quincy (1755-1849) defendió que arrancar las obras de su contexto era desmembrar la historia, inaugurando una conciencia crítica frente al expolio.
El patrimonio, como concepto, es, sin embargo, una invención moderna que nace cuando la modernidad toma conciencia de la pérdida: la Ilustración inventa el museo; la Revolución Francesa convierte bienes dinásticos en memoria nacional; el siglo XIX romantiza el monumento; el siglo XX legisla e internacionaliza.
De patrimonio “histórico-artístico” pasamos a “bien cultural”. De lo material a lo inmaterial. Del objeto al paisaje. De la nación a la humanidad. Cada ampliación responde a una crisis. Las guerras explican la Carta de Atenas y la UNESCO. En Italia, la Comisión Franceschini (1964) redefinió el “bien cultural” como todo aquello dotado de valor de civilización. El patrimonio dejaba de ser solo artístico para convertirse en testimonio cultural.
La Convención de 1972 universaliza el patrimonio. La noción de inmaterial amplía el campo. El turismo obliga a hablar de sostenibilidad. Las comunidades indígenas reclaman participación. El derecho al patrimonio comienza a formularse como derecho humano. El patrimonio es hoy un sistema de valores en negociación permanente.
Y aquí me sitúo, ligeramente incómodo, frente al relato oficial: si el patrimonio es una construcción política, también es selectiva. Cada época decide qué recordar y qué dejar caer. Patrimonializar es elegir, y elegir implica excluir.
La inflación patrimonial contemporánea revela algo profundo: quizá hemos dejado de confiar en el futuro y tratamos de conservarlo todo como si el presente fuese frágil. El patrimonio se ha convertido en tecnología contra el olvido. Pero no es conservación pura; es interpretación. No heredamos solo objetos, sino relatos sobre ellos. Y cada intervención reescribe su significado.
Tal vez el verdadero giro sea entender que el patrimonio no pertenece al pasado, sino al presente que lo activa. El patrimonio no es lo que fue, sino lo que decidimos que siga siendo.
Luis Cercos, París, febrero de 2026.
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