Durante décadas hemos ampliado el concepto de patrimonio hasta abarcar monumentos, ciudades, paisajes, tradiciones, memorias y prácticas. La expansión era necesaria. Pero no elimina el problema central: no todo puede conservarse. Cada generación selecciona.
El patrimonio es el pasado activado por el presente, resultado de una decisión contemporánea que otorga valor a ciertos vestigios y deja otros en silencio. Patrimonializar no es descubrir valores eternos; es atribuir valor desde una posición histórica concreta.
Del mismo modo que, como explicó Cesare Brandi, un objeto no es obra de arte hasta que una comunidad lo acepta como tal en su conciencia histórica, un edificio abandonado no es patrimonio hasta que una comunidad lo reconoce como tal. No hay valor patrimonial sin reconocimiento. Sin embargo, la ilusión tecnocrática nos hace creer que existen criterios objetivos y neutros: autenticidad, integridad, excepcionalidad. Pero antes de ellos hay una operación silenciosa: la jerarquización. Alguien decide qué merece recursos, relato, protección jurídica.
En este punto conviene recordar a Rem Koolhaas, arquitecto y pensador neerlandés, fundador de OMA, figura central del debate contemporáneo sobre ciudad y patrimonio. Koolhaas ha defendido algo incómodo pero intelectualmente honesto: lo importante no es conservarlo todo, sino tener el coraje de renunciar a conservar aquello que objetivamente no merece ser conservado. Frente a los fundamentalismos patrimoniales, plantea una ética de la selección.
El patrimonio es hoy un sistema de valores en negociación permanente. Si el patrimonio es una construcción política, también es selectiva. Cada época decide qué recordar y qué dejar caer. Patrimonializar es elegir, y elegir implica excluir.
Hace algunos años escribí sobre esto en la Revista de Arquitectura de la Sociedad Central de Arquitectos, en el número “Patrimonio: prohibido no tocar”, curado por la arquitecta Rita Comando (hasta hace poco presidenta de la SCA y durante años presidenta de su Subcomisión de Monumentos), una entidad argentina centenaria. Allí intenté precisamente delimitar qué es monumento y qué no lo es. No todo objeto con carga simbólica es monumento. No toda presencia material merece estatuto patrimonial.
No heredamos solo objetos, sino relatos sobre ellos. Y cada intervención reescribe su significado. Hoy, la pregunta no es únicamente qué conservar, sino desde qué presente decidimos conservarlo. El patrimonio no pertenece al pasado. Pertenece al presente que lo activa. Y solo desde esa conciencia crítica puede convertirse, verdaderamente, en proyecto de futuro.
Luis Cercos, París, febrero de 2026.





No hay comentarios:
Publicar un comentario