domingo, 12 de abril de 2026

Teoría y método de la restauración contextual (3)






Entre el hallazgo de Herculano en 1709, el inicio de sus excavaciones sistemáticas en 1738, el comienzo de las de Pompeya en 1748, su identificación definitiva en 1763, y las intervenciones de Raffaele Stern (1774-1820) y Giuseppe Valadier (1762-1839) en el Arco de Tito, el Coliseo y los Foros romanos, transcurre una mutación profunda de la mirada.

Stern y Valadier intervienen, entre 1817 y 1827, sobre un mundo que Europa acaba de volver a descubrir casi con estupor a lo largo de todo el siglo XVIII. Y lo hacen, además, desde una formación académica y neoclásica que les permite comprender aquellos restos son testimonios mayores de una civilización. Por eso sus obras nos siguen pareciendo de una modernidad admirable. No porque rompan con la admiración por lo antiguo, sino precisamente porque nacen de ella. Solo quien siente un respeto absoluto por la materia descubierta puede aceptar intervenir sin suplantarla. Solo quien comprende la grandeza irrepetible del original puede decidir consolidarlo sin confundir jamás la arquitectura heredada con la arquitectura nueva.

En ese sentido, la Roma pontificia de Pío VII (1742-1823, papa desde 1800) desempeña un papel capital. El chirografo de 1802 sobre las antigüedades y las bellas artes y las decisiones posteriores de tutela marcan un momento decisivo: la conservación del Coliseo que nace de una voluntad política y cultural. La ruina antigua comienza a ser entendida como bien público, como legado común y como prueba visible de una continuidad histórica que el presente tiene el deber de proteger.

En 1817, Raffaele Stern inicia la restauración del Arco de Tito y proyecta también el gran estribo oriental del Coliseo, levantado para contener su ruina. Tras la muerte de Stern en 1820, Giuseppe Valadier prosigue la intervención en el Arco de Tito, y en 1823, ya bajo el pontificado de León XII, realiza el gran contrafuerte occidental del Coliseo. A partir de ahí, ambos se enfrentan a un problema nuevo: cómo salvar sin falsificar, cómo hacer legible sin borrar la herida, cómo añadir sin usurpar.

En sus mejores momentos, esta arquitectura auxiliar no compite con el monumento, sino que se pone a su servicio. Ese es, a mi juicio, el verdadero alcance de aquellas intervenciones. La ruina deja de ser una reserva de materiales o un escenario sublime y empieza a ser reconocida, a comienzos del siglo XIX, como documento material, como verdad histórica y como límite moral de la acción del arquitecto.

Por eso sigo viendo en Stern y en el mejor Valadier no una restauración arqueológica ingenua, sino el nacimiento de una disciplina consciente de sí misma. Una disciplina que entiende que hay momentos en los que la arquitectura alcanza una de sus formas más altas no cuando inventa, sino cuando discierne; no cuando impone, sino cuando contiene; no cuando habla más alto que la historia, sino cuando aprende a escucharla.

Louis CERCOS, París, abril de 2026.

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