No quisimos plantear una reparación convencional del edificio, ni devolverlo a una imagen supuestamente original, como si el tiempo no hubiera pasado. La memoria que presentamos llevaba un título que todavía hoy me parece bastante exacto: Restauración, transformación y un poco de transgresión.
El edificio había cambiado, como cambian muchos edificios. La planta del anteproyecto de 1951 apenas se reconocía ya en el hall existente. El patio inicial había desaparecido. El acceso se había llenado de objetos, falsos techos, señaléticas, muebles y soluciones parciales que producían ruido más que memoria. Nuestra primera operación era, por tanto, de sustracción: quitar, limpiar, despejar, recuperar una cierta inteligencia espacial. Después proponíamos una acción más arriesgada: reintroducir un patio, desmontar una escalera que ya casi no llevaba a ninguna parte, ordenar los accesos, separar con claridad los usos, y envolver el edificio con una malla metálica que actuara a la vez como protección solar, segunda piel, capa de sacrificio y gesto urbano.
Vista hoy, la propuesta me sigue interesando porque no intentaba congelar a Testa sino conversar con él. Su obra, desde el Banco de Londres hasta la Biblioteca Nacional, asumió siempre la posibilidad de la fricción, de la materia expresiva, del edificio como organismo urbano más que como objeto clausurado. Por eso nos parecía que el modo más respetuoso de intervenir en aquel edificio era permitirle una metamorfosis. La malla que descendía por la fachada, atravesaba la recova y se introducía en el hall convertía el umbral en un territorio de frontera entre lo público y lo privado, entre la ciudad y la institución, entre la piel heredada y una nueva lectura posible.
No ganamos el concurso. Hoy, al revisar estas imágenes, reconozco en ellas una libertad que todavía me importa. También veo sus excesos, naturalmente, pero no los miro con distancia irónica. Los miro con gratitud. Porque allí ya estaba mi preocupación por los edificios que han cambiado sin darse cuenta, por las obras modernas que envejecen mal cuando se las obliga a permanecer idénticas, por la necesidad de intervenir sin miedo, pero también sin arrogancia.
Louis CERCOS, París, abril 2026.





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