En el documento Marco conceptual de mi estudio de arquitectura, LC-Architects, redactado en Chile en 2013, una de las ideas centrales del texto —que en estos momentos estoy revisando— era la defensa de que, a diferencia de lo que ocurre en otras disciplinas artísticas, en arquitectura la restauración de arquitectura es arquitectura.
De ahí se extraía un primer corolario inmediato: si la restauración es arquitectura, entonces los textos fundamentales de la teoría arquitectónica del siglo XX y comienzos del XXI deben formar parte también del corpus de trabajo para intervenir en el patrimonio arquitectónico, y no limitarse únicamente a los textos específicos de la disciplina ni a las cartas y normativas internacionales. Defendí esta tesis primero en América Latina y, desde 2016, a mi regreso a Europa.
Desde esta premisa, hay un libro que hoy resulta especialmente fértil para pensar la restauración: Delirious New York.
Definido por Rem Koolhaas como un manifiesto retroactivo, el libro no propone modelos ni doctrinas. Hace algo más incómodo y, al mismo tiempo, más útil: enseña a leer lo existente sin moralizarlo. La ciudad aparece como una acumulación de decisiones, tensiones, errores, deseos y contradicciones que solo adquieren sentido cuando se interpretan a posteriori.
Koolhaas formuló, en varias entrevistas a lo largo de la década de 2010, una idea deliberadamente provocadora: nunca el patrimonio ha estado tan protegido como hoy y, sin embargo, el verdadero desafío contemporáneo no consiste solo en restaurar más, sino en ser capaces de discernir qué no debe restaurarse, qué edificios no merece la pena conservar. Esta afirmación cuestiona frontalmente una visión fundamentalista de la restauración, entendida más como religión que como disciplina profesional. Recogí estas reflexiones en dos textos que publiqué en la revista Arquitectura de la Sociedad Central de Arquitectos de Argentina. Comentaré ambos artículos en publicaciones posteriores, quizá en los próximos días.
Leída desde la restauración —y muy especialmente desde la restauración urbana— esta posición resulta esencial. Frente a la tentación de conservarlo todo, de sacralizar cualquier vestigio construido o de imponer coherencias retrospectivas, Delirious New York propone comprender antes de juzgar, aceptar la complejidad como materia de proyecto y asumir que intervenir también implica elegir, discriminar y, a veces, renunciar.
En este sentido, el libro legitima una idea clave para la práctica contemporánea: restaurar no es absolver el pasado ni congelarlo, sino trabajar críticamente con su intensidad, con su carácter imperfecto y con su capacidad —o no— de seguir produciendo ciudad, uso y sentido.
Leído así, Delirious New York no es un texto ajeno a la restauración, sino, probablemente, uno de los libros que mejor nos enseñan a restaurar sin nostalgia y sin dogma.
LC, París, diciembre de 2025


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