martes, 28 de abril de 2026

Santiago centro, Chile, 2012-2015




Durante mi etapa chilena (2012-2015), el primer proyecto en el que participé fue la recuperación de los revestimientos históricos de dos edificios patrimoniales en la calle Compañía, en Santiago Centro. Yo llegaba entonces a Chile como consultor, en un momento difícil para muchos profesionales españoles, cuando la crisis económica de 2008-2010 había interrumpido trayectorias, cerrado estudios y obligado a buscar, lejos, la posibilidad de seguir ejerciendo una profesión que para algunos de nosotros era una forma de estar en el mundo.

Chile me permitió seguir trabajando sobre arquitectura, sobre materia histórica, sobre memoria construida. Aquel primer trabajo en la calle Compañía tuvo para mí algo iniciático, porque allí comprendí que una ciudad puede perder no sólo edificios, sino también la memoria sensible de sus propios colores. Santiago había ido cubriendo muchas de sus fachadas históricas con capas sucesivas de pinturas modernas, grises, planas, funcionales, a veces pobres, casi siempre ajenas a la lógica material de los revestimientos originales. Pero bajo esas capas, casi milagrosamente, permanecían los antiguos estucos, las texturas, los revocos de cal, los tonos ocres, amarillos, rojizos y terrosos que habían dado presencia urbana a una arquitectura que ya nadie recordaba exactamente así.

Lo extraordinario fue que esas capas modernas, al no haber sido picadas, habían actuado involuntariamente como una protección. No habían destruido el revestimiento original: lo habían ocultado. Restaurar fue entonces, literalmente, pelar una cebolla del tiempo. Retirar con cuidado lo añadido, leer la estratigrafía, estudiar las muestras, comparar los colores, hacer del muro un documento y del andamio un laboratorio.

Los paneles que hoy recupero pertenecen a aquella experiencia. Son, para mí, la memoria gráfica de un momento en el que una ciudad comenzó a preguntarse de nuevo por sus colores históricos. En ellos aparecen fotografías, ensayos, hipótesis cromáticas, detalles de capiteles, portadas, zócalos, cornisas, revocos, heridas, ventanas de limpieza y pruebas de intervención. Todo aquello formaba parte de una misma intuición: no se trataba de pintar una fachada bonita, sino de devolver legibilidad a una historia material.

Años después, sigo pensando que aquella intervención me enseñó una de las claves de mi manera de entender la restauración: no inventar, no falsificar, no imponer al edificio una imagen idealizada, sino ayudarlo a decir, con la mayor claridad posible, aquello que todavía conserva dentro de sí. Allí, los revocos originales no habían desaparecido. Estaban allí, esperándonos.

En un momento en que mi propia trayectoria necesitaba seguir respirando, aquel país me permitió continuar trabajando sobre lo que más me importa: la arquitectura como materia viva del tiempo, la restauración como acto de conocimiento, y la ciudad como un libro escrito en capas que sólo se revela a quien acepta leerlo despacio.

Louis CERCOS, París, 2026.

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