De aquella investigación nacieron varios proyectos de viviendas transportables por carretera. Casas que podían ensamblarse, apilarse, ampliarse, dividirse, desplazarse o reutilizarse en otro lugar. Eran viviendas suficientemente acabadas para ser habitables y suficientemente abiertas para no quedar condenadas a una única forma, una única parcela o una única biografía.
Uno de aquellos proyectos, quizá el que más me divirtió, partía de unas naves industriales en Madrid. La operación era radical: reducir el edificio existente a su esqueleto esencial, conservar su estructura, su ritmo, su escala urbana, su memoria industrial, y convertir aquella gran armazón en una suerte de anaquel arquitectónico. Una estantería habitable en la que introducir casas ligeras como quien coloca libros en una biblioteca. La imagen me sigue pareciendo poderosa: una biblioteca de casas.
La nave como soporte estable, casi urbano; las viviendas de madera como piezas móviles, reversibles, insertadas en los huecos de una estructura heredada. Cada módulo conservaba su autonomía y, al mismo tiempo, aceptaba formar parte de un sistema mayor. Hoy veo en aquel proyecto una intuición patrimonial que entonces quizá no habría formulado así. Reutilizar una nave industrial no significaba momificarla ni destruirla, sino reconocer que su valor podía estar menos en sus cerramientos que en su capacidad de seguir recibiendo vida. El edificio existente se convertía así en una infraestructura disponible, en un fragmento de ciudad capaz de soportar nuevas formas de habitar sin perder su memoria anterior. Tal vez por eso aquel proyecto sigue importándome. Porque, aunque nacía de una fascinación tecnológica por la madera contralaminada, hablaba ya de algo más profundo: cómo vivir dentro de lo construido sin destruirlo; cómo insertar futuro en una estructura heredada; cómo hacer una arquitectura desmontable sin que sea banal, ligera sin que sea frágil, industrial sin que sea deshumanizada, contemporánea sin despreciar la memoria del lugar.
En aquella vieja nave madrileña yo quise imaginar una infraestructura abierta; no una promoción de viviendas, sino una biblioteca de casas; no una restauración en sentido estricto, pero sí una forma temprana de pensamiento restaurador. Porque restaurar, incluso cuando todavía no lo llamamos así, quizá consiste muchas veces en descubrir qué parte de lo existente puede seguir sosteniendo el futuro.
Louis CERCOS, París, abril 2026.



No hay comentarios:
Publicar un comentario