miércoles, 31 de diciembre de 2025

Feliz 2026


 ¿Y si la restauración no fuera una profesión, sino una forma de vivir? Último día de 2025. Mientras muchos piensan en empezar de cero —en cambiar de vida, de trabajo o de rumbo—, yo sigo convencido de que casi nunca hace falta hacerlo. Ni en la arquitectura, ni en la vida.


La restauración contemporánea me ha enseñado algo esencial: no todo lo que heredamos es un problema, pero tampoco todo merece conservarse. Entre la nostalgia paralizante y la destrucción entusiasta existe un espacio más exigente y más fértil: el del discernimiento.

Restaurar no es volver atrás. Es aceptar lo recibido, comprenderlo, distinguir lo esencial de lo accesorio y actuar con criterio. Eliminar lo que provoca desasosiego. Hacer un diagnóstico honesto. Plantear una terapia coherente. Y hacerlo siempre con ánimo contemporáneo: vivir de acuerdo con nuestro tiempo, buscando el mejor equilibrio posible entre cuerpo, espíritu y destino.

Eso vale para un edificio, pero también para una biografía: la nuestra. Para una vocación, pero también para una vida familiar. Para el trabajo que hacemos y para la forma en que lo habitamos.

Antes de añadir, conviene saber qué merece permanecer. Antes de cambiar, entender qué funciona y por qué. Antes de romper, preguntarnos si transformar no sería más justo, más inteligente y más humano.

Conciliar trabajo y vida no es repartir horas: es construir armonía. Y la armonía no nace del entusiasmo espontáneo, sino de la disciplina. De aceptar límites. De trabajar con lo que hay, no con lo que nos gustaría que hubiera sido.

Por eso sigo defendiendo que la restauración no es una disciplina del pasado, sino una actitud radicalmente contemporánea. Una forma de resistencia frente a la falsa novedad, la huida hacia adelante y la tentación permanente de borrar para no pensar.

Cierro 2025 convencido de esto: restaurar —edificios, trayectorias, vidas— no es un gesto conservador. Es un acto de responsabilidad. Extensible incluso a la ambición de restaurar nuestra sociedad o nuestro país: no de manera absoluta ni inmediata, sino poco a poco, con el plazo y el presupuesto de que dispongamos, procurando que el objeto recibido sea cada vez un poco más lúcido y, sobre todo, que nos siga sirviendo para caminar.

Hoy más que nunca, la restauración es una forma de optimismo.

Feliz 2026, a todas y a todos mis amigos, colegas y compañeros.

LC, París, 31 diciembre 2025

martes, 30 de diciembre de 2025

Vers une architecture



 Releer Vers une architecture desde la óptica de la restauración de arquitectura es un ejercicio especialmente interesante, aunque —o quizá porque— la restauración no fue nunca una disciplina central en el pensamiento de Le Corbusier. Publicado en 1923, hace ya más de cien años, el libro sigue siendo un texto fértil.


Vers une architecture no es un tratado sistemático, sino un recueil d’essais, muchos de ellos publicados previamente en L’Esprit Nouveau. En ellos, Le Corbusier toma partido por una arquitectura que busque la verdad de su tiempo, frente a la repetición mecánica de estilos clásicos y renacentistas ya agotados.

La arquitectura griega —y muy especialmente el Partenón— aparece como referencia constante, no como modelo a imitar, sino como lección de orden, proporción y rigor. Conceptos como el tracé régulateur, el plan libre o los futuros cinco puntos de la arquitectura moderna atraviesan el texto como herramientas intelectuales, no como recetas formales. Algunos autores han llegado a considerar este libro “el único escrito sobre arquitectura que será clasificado entre las grandes obras literarias del siglo XX”. La arquitectura como excusa para hacer literatura. Interesante.

Le Corbusier nos propone, sobre todo, un método para mirar. Enseña a comparar, a jerarquizar, a distinguir lo esencial de lo accesorio. El libro no propone estilos: propone criterio. Y eso lo convierte, leído hoy, en una herramienta intelectual de primer orden que considero vigente.

Desde esta perspectiva, Vers une architecture obliga a identificar la estructura conceptual, constructiva y espacial de un edificio antes de cualquier intervención. Previene contra un error frecuente en la práctica contemporánea: confundir acumulación histórica con valor y complejidad con verdad. No todo lo heredado es significativo; no todo lo antiguo merece ser conservado sin examen. Y lo he dicho muchas veces: gran parte de las memorias históricas que acompañan a los proyectos no aportan valores operativos para la intervención, sino, en muchos casos, anécdotas poco útiles para el proyecto. No niego su interés para conocer lo heredado, pero no siempre ayudan a restaurar.

Le Corbusier no propone borrar el tiempo, sino comprenderlo. Y esa comprensión es el verdadero punto de partida de toda restauración que aspire a ser arquitectura y no mera gestión de residuos históricos.

Cien años después, este libro sigue siendo incómodo para los burócratas, porque nos recuerda algo esencial: antes de normas, técnicas o discursos, la restauración comienza, como siempre, con una simple mirada.

LC, Francia, diciembre 2025.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Herejías necesarias para impulsar una teoría de la restauración contemporánea.



En restauración de arquitectura se habla mucho de ética, de autenticidad, de conservación, de respeto.

Pero se habla mucho menos de arquitectura. Y, sin embargo, restaurar implica proyectar: decidir, jerarquizar, transformar, renunciar. Exactamente lo mismo que en cualquier otro proyecto arquitectónico.

Quizá uno de los problemas de la restauración contemporánea sea haber confundido la ética con un sistema de inmunidad intelectual. Cuando una disciplina se protege en exceso, deja de pensarse críticamente.

Convertir la restauración en un campo autosuficiente, cerrado sobre sus propios textos, cartas y normativas, ha producido una paradoja inquietante: nunca se ha conservado tanto patrimonio y nunca se ha pensado tan poco arquitectónicamente sobre él.

La teoría de la arquitectura del siglo XX —Venturi, Mies, Le Corbusier, Rossi, Tafuri, Koolhaas— resulta incómoda para cierta restauración porque introduce conflicto, contradicción, ideología y proyecto. Pero precisamente por eso es indispensable.

Tal vez haya que aceptar una primera herejía: "la restauración que se presenta como moralmente neutra suele ser intelectualmente pobre".

Y una segunda, aún más difícil de asumir: "no todo edificio heredado merece ser restaurado, no toda huella debe sacralizarse, no toda preexistencia es patrimonio".

Pensar esto no es nihilismo. Es responsabilidad arquitectónica. La restauración no pierde legitimidad cuando duda. La pierde cuando deja de pensar.

LC, París, diciembre de 2025

 

Rem Koolhaas, o cómo restaurar sin nostalgia y sin dogma



En el documento Marco conceptual de mi estudio de arquitectura, LC-Architects, redactado en Chile en 2013, una de las ideas centrales del texto —que en estos momentos estoy revisando— era la defensa de que, a diferencia de lo que ocurre en otras disciplinas artísticas, en arquitectura la restauración de arquitectura es arquitectura.

De ahí se extraía un primer corolario inmediato: si la restauración es arquitectura, entonces los textos fundamentales de la teoría arquitectónica del siglo XX y comienzos del XXI deben formar parte también del corpus de trabajo para intervenir en el patrimonio arquitectónico, y no limitarse únicamente a los textos específicos de la disciplina ni a las cartas y normativas internacionales. Defendí esta tesis primero en América Latina y, desde 2016, a mi regreso a Europa.

Desde esta premisa, hay un libro que hoy resulta especialmente fértil para pensar la restauración: Delirious New York.

Definido por Rem Koolhaas como un manifiesto retroactivo, el libro no propone modelos ni doctrinas. Hace algo más incómodo y, al mismo tiempo, más útil: enseña a leer lo existente sin moralizarlo. La ciudad aparece como una acumulación de decisiones, tensiones, errores, deseos y contradicciones que solo adquieren sentido cuando se interpretan a posteriori.

Koolhaas formuló, en varias entrevistas a lo largo de la década de 2010, una idea deliberadamente provocadora: nunca el patrimonio ha estado tan protegido como hoy y, sin embargo, el verdadero desafío contemporáneo no consiste solo en restaurar más, sino en ser capaces de discernir qué no debe restaurarse, qué edificios no merece la pena conservar. Esta afirmación cuestiona frontalmente una visión fundamentalista de la restauración, entendida más como religión que como disciplina profesional. Recogí estas reflexiones en dos textos que publiqué en la revista Arquitectura de la Sociedad Central de Arquitectos de Argentina. Comentaré ambos artículos en publicaciones posteriores, quizá en los próximos días.

Leída desde la restauración —y muy especialmente desde la restauración urbana— esta posición resulta esencial. Frente a la tentación de conservarlo todo, de sacralizar cualquier vestigio construido o de imponer coherencias retrospectivas, Delirious New York propone comprender antes de juzgar, aceptar la complejidad como materia de proyecto y asumir que intervenir también implica elegir, discriminar y, a veces, renunciar.

En este sentido, el libro legitima una idea clave para la práctica contemporánea: restaurar no es absolver el pasado ni congelarlo, sino trabajar críticamente con su intensidad, con su carácter imperfecto y con su capacidad —o no— de seguir produciendo ciudad, uso y sentido.

Leído así, Delirious New York no es un texto ajeno a la restauración, sino, probablemente, uno de los libros que mejor nos enseñan a restaurar sin nostalgia y sin dogma.

LC, París, diciembre de 2025

sábado, 27 de diciembre de 2025

Scarpa, Venturi, Tarufi y Castelvecchio





Pensar hoy la restauración desde Robert Venturi y Manfredo Tafuri conduce casi inevitablemente a la obra de Carlo Scarpa, y muy especialmente a su intervención en el Castelvecchio.

La restauración del Castelvecchio no es un ejercicio de conciliación fácil entre pasado y presente, sino una aceptación consciente de la complejidad, de la superposición de capas y de la imposibilidad de reducir la historia a una imagen unitaria y pacificada. El edificio es antiguo y moderno a la vez, no por ambigüedad, sino por decisión.

Desde una lectura venturiana, el Castelvecchio es un ejemplo magistral de arquitectura que asume la contradicción como valor. No hay una búsqueda de pureza ni de claridad total. Hay fragmentos, tensiones, encuentros deliberados entre materiales, tiempos y lenguajes distintos. Scarpa no elige entre pasado o presente: trabaja en la fricción entre ambos.

Desde una mirada más cercana a Tafuri, la intervención de Scarpa resulta igualmente significativa. No hay nostalgia, ni voluntad de consuelo cultural. El pasado no se idealiza ni se reconstruye como relato cerrado. Se expone, se interrumpe, se hace legible en su conflicto. La historia no legitima el proyecto; lo pone en crisis constantemente.

En el Castelvecchio, la modernidad no se disfraza de tradición ni la tradición se congela para tranquilizar al visitante. Cada decisión es explícita, cada inserción contemporánea se declara como tal. La concordia no nace de la homogeneidad, sino de una coexistencia consciente, a veces incómoda, entre lo heredado y lo nuevo.

Por eso esta obra sigue siendo tan actual para pensar la restauración hoy. Nos recuerda que intervenir no es elegir entre conservar o transformar, sino asumir la responsabilidad de decidir, sabiendo que toda decisión es cultural, ética y política. La complejidad no se elimina; se trabaja. La contradicción no se oculta; se construye.

Quizá por eso Carlo Scarpa sigue siendo una referencia esencial. Porque demuestra que es posible una restauración que no sea ni nostálgica ni tecnocrática, ni purista ni arbitraria. Una restauración que acepta que la arquitectura, como la historia, no se resuelve: se habita.

LC, Francia, diciembre 2025.

 

Complexity and Contradiction in Architecture, Robert Venturi



En Complexity and Contradiction in Architecture, Robert Venturi propone algo que sigue siendo profundamente útil para pensar la restauración hoy: aceptar la complejidad heredada en lugar de corregirla. Frente a la obsesión por la pureza, Venturi reivindica la arquitectura como un campo de superposiciones, ambigüedades y contradicciones acumuladas en el tiempo. Trasladado a la restauración, esto implica asumir que un edificio histórico no es un sistema coherente ni cerrado, sino el resultado de decisiones sucesivas, usos cambiantes, errores, reparaciones y adaptaciones. Restaurar no consiste en simplificar ese pasado, sino en hacer legible su complejidad sin falsearla.


Venturi también nos advierte contra la falsa claridad. En arquitectura —y especialmente en restauración— no se trata de elegir entre conservar o transformar, entre pasado o presente, sino de aceptar que un edificio puede ser a la vez histórico y contemporáneo, antiguo y funcional, auténtico y transformado. No es una lógica de exclusión, sino de tensión asumida.

Hay en Venturi una defensa explícita de lo ordinario, de lo imperfecto, de lo que ha sobrevivido no por ser excepcional, sino por haber sido usado. Esta idea resulta clave para el patrimonio de servicio, para la arquitectura que ha cumplido una función pública durante décadas y cuya legitimidad nace precisamente de esa continuidad.

Su crítica a la búsqueda de una verdad única cuestiona directamente el mito del estado original. La restauración no debería cerrar el relato del edificio ni resolver todas sus contradicciones, sino hacerlas visibles y habitables. En este punto, Venturi dialoga de manera natural con Brandi y, desde otro ángulo, con Tafuri.

Hay una frase que resume bien esta posición y que resulta plenamente aplicable a la restauración: Venturi prefería la vitalidad compleja a la unidad evidente. Dicho de otro modo, en restauración es preferible una coherencia honesta y compleja a una unidad falsa y tranquilizadora.

Cerrar esta serie de reflexiones con Venturi no es casual. Nos recuerda que restaurar no es ordenar el pasado para hacerlo cómodo, sino trabajar con su complejidad, aceptando que la contradicción no es un problema a eliminar, sino una condición esencial de la arquitectura que ha vivido.

LC, Francia, diciembre 2025.