viernes, 16 de enero de 2026

A propósito del ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, 1605


1605 · El tiempo continuo. En 1605, en Madrid, se publica la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes. La efeméride podría invitarnos a hablar del pasado. Pero el Quijote no pertenece al pasado.

Como la arquitectura que perdura, como el patrimonio bien entendido, el Quijote habita todos los tiempos a la vez. Para un restaurador —cada vez lo tengo más claro— pasado, presente y futuro no son categorías separadas sino una continuidad, eslabones de una misma cadena. La tradición no es lo que queda detrás, sino lo que sigue pasando a través de nosotros.

Cervantes escribe desde la tradición literaria heredada, pero no para conservarla intacta. La somete a prueba. La fuerza. La interpreta mal, a propósito. Don Quijote no vive en el pasado: lee el presente con materiales del pasado, y en esa fricción —fecunda— surge algo nuevo. No hay ruptura, hay transformación. No hay negación de la tradición, hay continuidad crítica.
Por eso el Quijote es también una obra profundamente patrimonial:

(1) Patrimonio inmaterial, hecho de lengua viva, ironía, memoria colectiva, refranes, formas de pensar y de narrar.

(2) Patrimonio material, hecho de libros, caminos, ventas, molinos, paisajes de Castilla, arquitecturas humildes que sostienen una cultura.

(3) Patrimonio intelectual, porque toda la obra es una reflexión sobre los textos heredados, su transmisión, su mala lectura, su reinterpretación constante.

Ahí está, para mí, una clave esencial de nuestra profesión y solo hay una manera de ejercerla: la búsqueda, y la difusión de nuestras dudas y de nuestras respuestas, casi siempre provisionales, muchas veces equivocadas, sin aplicar certezas, aceptando que el sentido se construye en el tiempo y entre todos.

El Quijote nos enseña que la fidelidad literal conduce al absurdo, pero que la ruptura total conduce al vacío. Entre ambas está la tradición: un territorio inestable, crítico, vivo. Exactamente el lugar desde el que trabaja el restaurador. No trabajamos para el pasado, sino con el tiempo. Somos un eslabón más: responsables de lo recibido y conscientes de que otros vendrán después. Y quizá por eso el Quijote sigue siendo radicalmente contemporáneo: porque entiende que el sentido no está en un instante aislado, sino en el recorrido.

Restaurar —como leer y como escribir— es aceptar la duda como método. La prueba y el error, la corrección permanente hasta encontrar una versión que, quizá sin convencernos del todo, al menos no nos produzca desasosiego. Hablo mucho de desasosiego cuando hablo de mi trabajo. Y también del tiempo, todo el tiempo, como materia de trabajo.

LC, París, enero 2026.

 

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