miércoles, 14 de enero de 2026
El Laocoonte y una lección fundacional de la restauración
El Laocoonte y una lección fundacional de la restauración. El 14 de enero de 1506, en Roma, se descubre uno de los grupos escultóricos más influyentes de la historia del arte occidental: Laocoonte y sus hijos. El hallazgo tiene lugar en una viña próxima a la Domus Aurea, en las laderas del Esquilino, en un momento en que la ciudad comienza a redescubrir físicamente su pasado clásico.
El papa Julio II ordena su examen inmediato. Entre quienes acuden se encuentran Miguel Ángel y Giuliano da Sangallo, que reconocen en la obra la escultura descrita por Plinio el Viejo en su Historia Natural, atribuida a Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas.
La composición concentra todo lo que asociamos al helenismo tardío: torsión, dramatismo, tensión muscular y una expresión del dolor que no es instantánea, sino prolongada. Se trata muy probablemente de una copia romana en mármol de un original griego en bronce hoy desaparecido, recordándonos que el arte clásico es, desde su origen, una historia de transmisión.
El grupo apareció fragmentado. Faltaban, entre otros elementos, los brazos de Laocoonte y de uno de sus hijos. Como era habitual en el siglo XVI, se impone la idea de completar la obra. Entre quienes intervienen se encuentra Giovanni Angelo Montorsoli, discípulo directo y colaborador de Miguel Ángel. Montorsoli (ver retrato) reconstruye el brazo derecho de Laocoonte en posición extendida, siguiendo una interpretación heroica y clásica del gesto.
A comienzos del siglo XX ocurre un hecho decisivo e inesperado: aparece un brazo antiguo flexionado, conservado de forma independiente y que diversos estudios atribuyen con alta probabilidad al grupo original. Tras décadas de debate, se toma la decisión de retirar la restitución de Montorsoli y reintegrar el fragmento antiguo.
El efecto es, desde un punto de vista conceptual, doblemente interesante. El Laocoonte deja de ser una imagen heroica del sufrimiento para convertirse en una figura trágica, contenida, sometida a una tensión extrema.
Aquí se cruzan dos principios que hoy consideramos fundamentales:
1. Principio de reversibilidad: toda intervención debe poder ser retirada en el futuro con las mínimas consecuencias posibles. La eliminación del brazo de Montorsoli fue viable precisamente porque, sin saberlo, el siglo XVI dejó abierta esa posibilidad.
2. Principio de intervención mínima: no se trata de completar una obra según nuestras expectativas, sino de intervenir solo lo estrictamente necesario para garantizar su lectura y conservación.
Desde su descubrimiento, la influencia del Laocoonte es constante: Rafael, Bernini, Auguste Rodin, y muchos otros. Pero, en mi opinión, su lección más duradera no es formal, sino ética: restaurar no es “mejorar”, no es "imaginar", sino dialogar con la obra desde la humildad de nuestro desconocimiento. En restauración, la prudencia es una forma de inteligencia.
LC, París, enero 2026.
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