sábado, 3 de enero de 2026

El principio del segundo hombre y la importancia de la intervención sobre lo preexistente











Uno de los conceptos que más ha influido en mi manera de entender la importancia de la restauración de arquitectura es el principio del segundo hombre. No lo descubrí en el libro original, sino a través de una lectura académica durante mis años de estudiante de Historia del Arte en la UNED: La imagen de la ciudad en la Edad Moderna, de Alicia Cámara Muñoz y Consuelo Gómez López. En ese contexto aparecía citado Edmund N. Bacon y su teoría a propósito de la Piazza della Santissima Annunziata de Florencia. La idea es tan simple como exigente: no es el primer arquitecto quien decide el destino de una obra en la ciudad, sino el segundo, aquel que interviene cuando ya existe una regla, una medida, una promesa urbana.


Podríamos mencionar muchos otros ejemplos de esos “segundos hombres” que garantizan la permanencia de una obra arquitectónica: no sus autores originales, sino quienes hicieron posible que hoy siga existiendo. La mezquita de Córdoba, las sucesivas intervenciones en la basílica de San Pedro que corrigieron sus problemas iniciales de escala y composición, la intervención de Borromini en San Juan de Letrán o la labor de Leopoldo Torres Balbás en la Alhambra. Los ejemplos serían innumerables.

En el caso que da origen a la teoría de Bacon, Filippo Brunelleschi inicia. Otros continúan. Y Antonio da Sangallo el Viejo toma la decisión decisiva: renunciar a la autoexpresión para consolidar un espacio urbano coherente. Ahí comprendí que restaurar es, en el fondo, aceptar el papel del segundo hombre: intervenir sin borrar, continuar sin falsificar, asumir que cada gesto amplifica o destruye lo heredado.

Con el tiempo pude acceder por fin a Design of Cities y confirmé que aquel principio no era solo urbanismo, sino una ética del tiempo.

Y cierro con una pequeña constelación de Bacons que siempre me ha hecho sonreír. Descubrí también que Kevin Bacon, actor al que admiro desde hace años, es hijo de Edmund N. Bacon. En mis años de alumno en la UNED leí además La Nueva Atlántida, un libro mítico, breve, sorprendente y —curiosamente— muy fácil de leer, que recomiendo sin reservas. Y, por supuesto, está Francis Bacon, imprescindible en la historia del arte.

Padre e hijo lo sabemos. De los otros dos, quizá parientes lejanísimos o quizá ninguna relación. Da igual. No está nada mal este póquer de Bacons para pensar la ciudad, la filosofía, el arte… y el lugar que cada uno ocupa en una historia que siempre empezó antes que nosotros.

LC, París, enero de 2026

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