Durante siglos, la historia de la arquitectura occidental no se pensó a sí misma como una sucesión de estilos, sino como una búsqueda casi teológica: la de reconstruir, comprender y actualizar la arquitectura del Templo de Salomón, tal y como había sido descrita en la Biblia. Se trataba de descifrar un modelo perdido, considerado de origen divino.
La fuente textual es precisa. La descripción del Templo aparece fundamentalmente en el Primer Libro de los Reyes, capítulos 6 y 7, donde se detallan dimensiones, materiales, organización espacial y elementos simbólicos del edificio levantado por Salomón en Jerusalén. A ello se suman pasajes del Segundo Libro de las Crónicas, capítulos 3 y 4. Estos textos no fueron leídos como simples relatos históricos, sino como un auténtico tratado de arquitectura revelada.
De ahí nace una idea potentísima, que atraviesa la Edad Media y el Renacimiento: Dios no solo crea el mundo, Dios es arquitecto. La geometría, la proporción, la medida y el orden no son invenciones humanas, sino huellas de un diseño superior que el arquitecto debe intentar comprender. Construir bien es, en ese sentido, un acto de interpretación.
Esta lectura alcanza uno de sus momentos más ambiciosos con Juan Bautista Villalpando, jesuita, arquitecto y teórico, cuyo tratado In Ezechielem Explanationes (finales del siglo XVI) propone una reconstrucción rigurosa del Templo de Salomón. Villalpando no lo interpreta como un edificio simbólico, sino como un modelo arquitectónico real, racional y matemático, susceptible de ser medido, dibujado e imitado. Para él, la arquitectura clásica sería una derivación de ese templo originario.
Desde esta perspectiva, en la historia de la arquitectura cada época ensaya su propia lectura del Templo. Cada estilo sería un intento, más o menos consciente, de aproximarse a esa arquitectura primera.
En este contexto, el baldaquino de Gian Lorenzo Bernini en la Basílica de San Pedro adquiere una profundidad extraordinaria. Sus columnas salomónicas no son un capricho formal, sino una cita directa y consciente del Templo de Jerusalén. Bernini no decora el altar mayor: lo reinscribe simbólicamente en la genealogía del templo perdido.
Esta arquitectura, aun aspirando a lo divino, nunca pierde la medida. No pretende alcanzar el cielo por acumulación de altura, como Babel, sino hacerlo presente por proporción, orden e inteligibilidad. El Templo de Salomón no es desmesurado: es perfecto en términos simbólicos.
Tal vez por eso esta tradición ha perdurado tanto. Porque no se basa en un acto de soberbia, sino en la interpretación empatica de un texto sagrado. La arquitectura occidental, leída desde este prisma, no sería una historia de estilos, sino una larga conversación con un texto fundacional, una tentativa constante de traducir lo invisible en espacio construido.
LC, París, enero 2026.

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