domingo, 18 de enero de 2026

Literatura y arquitectura



El 18 de enero de 1936 fallece Rudyard Kipling. Hoy lo recuerdo como autor de un poema que he citado muchas veces porque me sirve para hablar de mi oficio.

If— no es un poema sobre el éxito sino sobre la caída. Sobre ver romperse aquello a lo que uno ha dedicado su vida y, aun así, inclinarse y volver a construir con herramientas gastadas. Ahí está todo: la ruina, la pérdida, la dignidad del gesto mínimo, la reconstrucción sin épica.

Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre
y tratar a esos dos impostores de la misma manera;
...
si puedes ver rotas las cosas a las que diste tu vida
y agacharte para reconstruirlas con herramientas gastadas;

Hay un poema de mi admirado César Vallejo que nos habla directamente de arquitectura:

No vive ya nadie en la casa…
Todos se han ido.
Pero el punto por donde pasó un hombre
ya no está solo.

Una casa viene al mundo
no cuando la acaban de edificar,
sino cuando empiezan a habitarla.

Ese poema está en el origen de un cuento mío, La biblioteca, donde intento decir que los edificios antiguos muchas veces nos eligen:

"Con un escalofrío cerró el libro. Miró a su alrededor. No parecía haber nadie. Sin embargo, por todos lados, restos de pinturas de diferentes colores, moquetas, antiguos papeles pintados sobre las paredes. Restos de una anterior forma de vida. Huellas, quizás, de fantasmas familiares todavía vivos. Aquellas paredes, aquellos suelos, aquellos libros. Todo aquello demostraba que allí hubo amor, vida, muerte, pudor. Niños llorando, corriendo, riendo. Jovencitas enamoradas. Personas leyendo. Gente comiendo.

De pronto comprendió que no fue él quien eligió vivir en esa casa.
Aquella casa lo había elegido a él".

Robert Frost dice lo mismo desde otro ángulo, al escribir sobre un muro que se cae y el gesto repetido de volver a colocar las piedras. No habla de arquitectura monumental, sino de límites, de mantenimiento, de equilibrio entre separación y continuidad.

Hay algo que no ama los muros,
que los empuja desde el suelo helado
y derrama las piedras superiores al sol.
Mantenemos el muro entre nosotros mientras avanzamos.
A cada uno, las piedras que han caído de su lado.

Restaurar es eso: aceptar que algo siempre empuja para que los muros caigan y, aun así, decidir recomponerlos, sin dogma ni retórica.

Me interesa mucho la relación entre poesía y arquitectura. No porque la arquitectura deba ser poética en un sentido decorativo, sino porque la poesía es literatura llevada a su grado máximo de concentración y de esencia. Y así, cuando digo que, a veces, la mejor restauración es la no restauración, no hablo de inacción. Hablo de poesía. De decir las cosas sin prosa. De intervenir poco y renovar mucho. De corregir sin tocar. Como hacen los buenos poemas: modificar el sentido sin modificar el texto.

La poesía habita el lenguaje; la arquitectura habita el tiempo. Y la restauración, cuando no añade ruido, escucha lo que ya está ahí para fijarlo.

LC, Paris, enero 2026.

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