En 49 a. C., Julio César cruza el Rubicón. El gesto es mínimo; la consecuencia, total. Catorce siglos después, en 1429, también un 10 de enero, con motivo de la boda de Felipe el Bueno, nace la Orden del Toisón de Oro, una de las órdenes de caballería más prestigiosas y antiguas de Europa, muy ligada a la dinastía de los Habsburgo y a las coronas de Austria y España. La Orden del Toisón de Oro es heredera del mito de los argonautas: la expedición incierta, el viaje largo, la búsqueda de un vellocino que nunca es solo material. Entre esos dos relatos se ha ido construyendo mi manera de entender la profesión.
En 2009, parte de la crítica situó mi trabajo en lo que se denominó arquitecturas de contraataque. En ese contexto, una de mis rehabilitaciones —la intervención en la calle Orellana de Madrid— se leía junto a obras de Álvaro Siza y Santiago Cirugeda. Más allá de comparaciones —siempre circunstanciales—, lo que verdaderamente me marcó fue el concepto mismo de contraataque: no reaccionar tarde, sino leer la realidad con precisión y actuar en el momento exacto. Una arquitectura que no se limita a cumplir normas, sino que observa, detecta fisuras y actúa. Una forma de militancia en los márgenes —también geográficos—, donde la arquitectura recupera su capacidad crítica.
Madrid fue el inicio de mi ejercicio profesional, la ciudad en la que nací y estudié. Luego vinieron la provincia, la península, el norte de África, América del Sur. Cruzar el océano. Volver a Europa. Trabajar en Francia, en Suiza, en Italia. No elegir los encargos por su tamaño, sino por su misión, mi paso por la Armada, por museos y bibliotecas, y por una especialización que enlaza l'Encyclopédie, la Edad Moderna y la historia de la restauración. Mi pertenencia desde hace años a la Académie Belgo-Espagnole d’Histoire —y a otras academias— no es un adorno institucional, sino la prolongación natural de ese viaje. Siempre he dicho —y lo sigo creyendo— que los títulos son también como modernas patentes de corso que debidamente legalizados, convalidados y asumidos con responsabilidad, permiten servir a otras repúblicas, como los viejos corsarios al servicio de distintas coronas.
A quienes se titulan hoy, a quienes hoy comienzan a ejercer: el mundo está abierto. Si quieren ser libres, crucen sus ríos; enrólense en otras naves; busquen sus vellocinos de oro. La profesión, cuando es auténtica, siempre es un viaje. No renuncien a eso, la vida es una sola.
LC, París, enero 2026


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