Sigo con el reto que me he impuesto para 2026: pensar la restauración a partir de una efeméride diaria.
El 3 de enero de 1981 se crea en París la Académie Européenne des Sciences, Arts et Lettres, una institución que nació con la ambición de pensar Europa como un espacio cultural compartido, donde ciencia, arte y pensamiento humanista no se excluyeran, sino que se reforzaran mutuamente. Entre sus miembros fundadores figuran tres españoles cuya obra merece ser conocida por quienes trabajen hoy sobre el patrimonio hispano (y por extensión, occidental): Pedro Laín Entralgo, Federico Sopeña y Federico Mayor Zaragoza. Tres trayectorias distintas, pero un mismo hilo conductor: la convicción de que la cultura no es un adorno, sino una responsabilidad intelectual y política.
La España de Laín Entralgo, académico de la Real Academia Española, es una España pensada desde la ética, la historia y la complejidad del ser humano. No es casual que escribiera: «El hombre no es solo lo que es, sino lo que ha sido y lo que puede llegar a ser». Una afirmación que podría servir también como definición profunda del patrimonio recibido y del patrimonio a transmitir: intervenir sabiendo que toda obra es pasado acumulado y futuro en potencia.
La de Federico Sopeña, antiguo director del Museo Nacional del Prado y de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, se construye desde el arte, la música y una tradición cultural entendida como continuidad viva. Erudito de la historia de la música, recordaba a menudo una frase atribuida al compositor Gustav Mahler: «La tradición no consiste en conservar cenizas, sino en mantener vivo el fuego». Una idea esencial para quienes defendemos la transmisión crítica de lo heredado.
Y con Federico Mayor Zaragoza, esa visión alcanza una dimensión verdaderamente global, cristalizando en su etapa como Director General de la UNESCO y en la idea del patrimonio como bien común de la humanidad. En una de sus intervenciones más citadas recordaba: «La herencia cultural no pertenece al pasado: es una responsabilidad hacia las generaciones futuras».
Las tres frases convergen de manera notable: distintas formulaciones de una misma intuición ética sobre el tiempo y la responsabilidad cultural.
Como restaurador, esta genealogía intelectual me resulta profundamente familiar. Restaurar no es solo conservar objetos o edificios, sino sostener marcos culturales y garantizar la transmisión de aquello que no puede reconstruirse una vez perdido.
Que esta academia naciera en París no es anecdótico. Europa se ha construido también desde aquí, desde el diálogo entre tradiciones nacionales y la conciencia de que toda intervención —también cultural— tiene consecuencias a largo plazo.
Quizá restaurar, hoy, consista en eso: mantener viva una idea exigente de Europa, capaz de pensar el patrimonio no como un inventario, sino como un compromiso.
LC, París, enero de 2026




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