De aparejador de Miguel Ángel a arquitecto del rey Felipe II (una investigación de Luis Cercós). Parte tercera: el método de obra de Miguel Ángel y la transmisión del saber en San Pedro
Si Vitruvio nos ofrecía ayer el marco teórico de la arquitectura antigua y su recepción moderna, hoy conviene descender un nivel más y observar cómo esa arquitectura se construye realmente. No desde el tratado, sino desde la obra.
Porque Miguel Ángel no fue solo un creador de formas extraordinarias, sino —y quizá sobre todo— un organizador radical del proceso constructivo. En San Pedro del Vaticano, su verdadera aportación no consiste únicamente en la potencia del proyecto centralizado o en la concepción estructural de la cúpula, sino en la manera de gobernar una obra inmensa, prolongada durante décadas, atravesada por conflictos políticos, financieros y técnicos.
A partir de 1546, cuando asume la dirección de la basílica tras la muerte de Antonio da Sangallo el Joven, Miguel Ángel impone una transformación profunda del método. Reduce el proyecto a sus elementos esenciales, elimina ambigüedades formales y constructivas y concentra el control en un núcleo extremadamente reducido de hombres de confianza. No delega el proyecto, pero sí la obra. Y lo hace de manera consciente, jerárquica y documentada.
San Pedro se convierte entonces en una arquitectura dirigida a distancia. Miguel Ángel dibuja poco, pero dibuja lo necesario. Prefiere maquetas, perfiles esenciales, cortes decisivos. La obra se gobierna mediante instrucciones precisas, cartas, órdenes verbales transmitidas por intermediarios cualificados. El arquitecto no está permanentemente en el andamio, pero lo domina todo desde la comprensión global de la estructura.
Este sistema exige una figura nueva, decisiva: el técnico capaz de traducir la intención del maestro en decisiones cotidianas de obra. El hombre que entiende el proyecto, la geometría, los materiales, la estereotomía, la secuencia constructiva y la logística del chantier. Ese hombre no es un simple capataz ni un artista secundario. Es el depositario del método.
Ahí se sitúa Juan Bautista de Toledo.
La documentación conservada —y las páginas que hoy ilustran esta reflexión— muestran con claridad cómo San Pedro se construye por fragmentos controlados, por campañas sucesivas, por partes que deben ser compatibles entre sí a lo largo del tiempo. El tambor de la cúpula, los contrafuertes, las tribunas, los sistemas de empujes, las escaleras internas, todo responde a una lógica estructural que no admite improvisación. Miguel Ángel concibe el conjunto, pero necesita a alguien que lo haga avanzar sin traicionarlo.
Juan Bautista no es, por tanto, un “discípulo” en sentido artístico. Es algo mucho más raro y mucho más valioso: un intérprete del método. Alguien capaz de leer una sección, una maqueta o una indicación parcial y convertirla en obra construida. Alguien que entiende que la arquitectura de Miguel Ángel no se copia, se ejecuta.
En este sentido, San Pedro funciona como una auténtica escuela de arquitectura moderna. No una escuela académica, sino una escuela de obra. Allí se aprende a trabajar con un proyecto no cerrado, a construir con márgenes de indeterminación controlada, a resolver conflictos entre estructura y forma, a administrar tiempos largos y presupuestos inestables, a mantener la coherencia de una idea durante décadas.
Cuando Felipe II llama a Juan Bautista de Toledo para encargarse del proyecto del Monasterio de El Escorial, no está importando un estilo italiano. Está importando un sistema de trabajo. Una manera de concebir la arquitectura como proceso racional, jerárquico y verificable. Exactamente la cualidad que Miguel Ángel había impuesto en San Pedro para salvar la obra del caos.
Juan Bautista llevará a España no solo recuerdos de Italia, sino una experiencia concreta: cómo se gobierna una obra total, cómo se separa lo esencial de lo accesorio, cómo se transmite una intención arquitectónica sin necesidad de una presencia constante del autor. En otras palabras, cómo se construye una arquitectura de Estado.
Mañana veremos cómo este método —nacido en el corazón del Vaticano— se transforma, se adapta y se radicaliza en El Escorial, donde la arquitectura dejará de ser solo construcción para convertirse en instrumento político, simbólico y territorial.
LC, París, enero 2026



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