El 24 de enero de 1924, en Rusia, Petrogrado —antes San Petersburgo— fue rebautizada como Leningrado, en homenaje a Vladimir Lenin. La ciudad no cambió de lugar, ni de trazado, ni de materia. Cambió de nombre. Y con el nombre cambió su lectura y su inscripción simbólica en la historia. Ese gesto —aparentemente administrativo— revela algo esencial: nombrar es interpretar, y toda interpretación es ya una forma de intervención.
La arquitectura, el patrimonio y la restauración de arquitectura viven exactamente de esa tensión. Nada de lo que recibimos es mudo. Todo nos llega acompañado de palabras, categorías y etiquetas heredadas que condicionan profundamente la manera en que una sociedad comprende —y acepta— lo que se le devuelve tras una intervención: no es lo mismo hablar de “reconstrucción” que de “restauración”, de “rehabilitación” que de “transformación”, de “puesta en valor” que de “uso contemporáneo”. El vocabulario no describe solo nuestra acción: la justifica.
Por eso la restauración contextual (nombre que propongo un tipo concreto de interveniones) no es únicamente una metodología técnica. Es también —y sobre todo— una operación lingüística. Intervenir en un edificio o en un sitio implica situarlo en un relato, explicitar desde qué marco conceptual se actúa y por qué. La etimología importa porque fija el campo de lo pensable. La lingüística importa porque determina la recepción social del proyecto.
Cuando devolvemos a la sociedad una pieza patrimonial sobre la que hemos trabajado, no basta con haber actuado bien desde el punto de vista material. Es imprescindible explicar qué se ha hecho, desde qué criterios y con qué límites. Nombrar la intervención es asumir una responsabilidad intelectual. Es permitir que el ciudadano entienda, discuta, critique y, finalmente, se apropie del resultado.
Ahí reside la verdadera importancia de las grandes tradiciones nacionales de la restauración y de los llamados “regímenes” de intervención: no tanto en sus recetas formales como en su capacidad para formular un discurso coherente, reconocible y transmisible. Una restauración sin palabras es una restauración incompleta. Una restauración mal nombrada es una restauración mal comprendida.
Leningrado no fue solo un nombre nuevo para una ciudad antigua. Fue una relectura del pasado, una tentativa de reescritura simbólica. Décadas después, el regreso al nombre de San Petersburgo volvería a demostrar lo mismo: los nombres no son neutros. Contienen memoria, ideología, proyecto. En restauración ocurre algo muy similar. Cada término que elegimos fija un horizonte de sentido.
Restaurar no es solo intervenir en la materia, sino también en el lenguaje, porque, al final, lo que una sociedad conserva no es únicamente el material, el edificio o el paisaje, sino la manera en que decide nombrarlos y explicarlos.
LC, Francia, 2026.


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