viernes, 9 de enero de 2026

A propósito de la búsqueda del conocimiento

 



En Siena (Italia), 9 de enero de 1427, la Facultad de Medicina solicita el cadáver de un ahorcado para proceder a su disección. El hecho, leído hoy, puede incomodar. Pero conviene detenerse. En ese gesto hay algo decisivo: el momento en que el conocimiento deja de apoyarse únicamente en la autoridad heredada y se atreve a mirar directamente la materia. Abrir, observar, contrastar. No por provocación, sino por rigor.

Como restaurador de arquitectura, esta efeméride me resulta profundamente cercana. Cada vez que recibimos un edificio —sea o no patrimonial— recibimos un cuerpo construido, con su historia, sus transformaciones, sus patologías visibles y ocultas. Intervenir sin haberlo comprendido antes no es audacia: es irresponsabilidad.

Por eso siempre he defendido que la restauración comienza antes de la obra. Comienza en el diagnóstico. En la observación paciente de lo recibido. En la aceptación de que no todo puede resolverse con intuición o con fórmulas repetidas.
Tres siglos después de aquella disección en Siena, los grabados médicos de L’Encyclopédie fijaron definitivamente esta actitud intelectual. Las planchas de anatomía buscaban explicar. Mostrar con precisión quirúrgica músculos, huesos y órganos era una forma de afirmar que el conocimiento debía basarse en lo observado y no solo en lo transmitido. Aquellos grabados son, en muchos sentidos, manifiestos gráficos del método.

En nuestra disciplina sucede lo mismo. Hablamos de estratigrafías, de análisis de sales, de estudios de humedad, de dataciones por dendrocronología, de escáneres y modelos digitales. Herramientas que a veces se presentan como “nuevas”, pero que en realidad prolongan una misma exigencia antigua: no tocar sin saber, no decidir sin comprender.

La historia del pensamiento está jalonada de momentos similares, en los que el ser humano dejó de aceptar sin más las hipótesis heredadas. Cuando Galileo decidió mirar por el telescopio en lugar de repetir a Aristóteles. Cuando Vesalio corrigió siglos de anatomía libresca abriendo cuerpos reales. Cuando Leonardo dibujó lo que veía antes de proyectar lo que imaginaba. No fue una ruptura con la tradición, sino su continuación más exigente.

Por eso desconfío de los falsos dilemas entre tecnologías nuevas y saberes antiguos. En restauración, como en medicina, la cuestión no es la herramienta, sino el método y la ética que lo sostienen. El diagnóstico previo no es una fase accesoria: es un acto de respeto hacia lo recibido.

Y no puedo evitar preguntarme, y preguntaros: ¿cuántas veces intervenimos edificios, ciudades o incluso nuestras propias trayectorias sin haber hecho antes un diagnóstico honesto de lo que realmente son?

Seguimos mañana.

LC, París, enero 2026.

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