La Heroica introduce algo decisivo y profundamente arquitectónico: la música deja de ser solo equilibrio para convertirse en proyecto. Aparecen el tiempo largo, el conflicto, la biografía, la tensión interna. La obra se recorre. Se atraviesa. Como un edificio. Arquitectura y música comparten esa condición esencial: se construyen en el tiempo. Una se experimenta con el cuerpo; la otra, con el oído. Ambas se organizan mediante ritmo, proporción, armonía y silencio. Ambas necesitan una estructura invisible que permita que la emoción exista sin desbordarse.
Pienso a menudo que las grandes renovaciones musicales explican mejor la arquitectura que muchos tratados. El jazz, el flamenco o el tango no nacen por negación, sino por mestizaje. Y cuando una tradición parece agotarse, no es porque haya sido demasiado fiel a sí misma, sino porque ha dejado de arriesgar. En su momento, Astor Piazzolla no abandonó el tango, lo tensó desde dentro, introduciendo nuevas estructuras, contrapunto, formas largas y conflicto.
Hace unos días, un amigo me enviaba una frase de trompetista de jazz Wynton Marsalis: “Entréguese por completo a todo lo que haga. Hacer las cosas en serio es divertido”. Estoy de acuerdo, tomarse en serio lo que uno hace es compromiso, rigor y alegría profunda en el oficio.
La cantante chilena Francisca Valenzuela, decía en 2013 que en lo creativo, lo primero es el objetivo; aceptar solo aquello que no desvirtúe el proyecto propio; trabajar con coherencia, incluso a costa de renunciar a oportunidades brillantes pero ajenas. Su defensa de un modelo independiente, casi artesanal, basado en el control del proceso y en la fidelidad a una idea, es profundamente arquitectónica. Es la misma lógica que exige intervenir en un edificio heredado sin traicionarlo ni disfrazarse de otra época.
No hay músicas superiores ni arquitecturas nobles por definición. No hay estilos moralmente mejores que otros. Solo hay obras honestas y obras fallidas. Como en la música, en arquitectura no se trata de parecer, sino de ser. No en el tiempo, porque trabajamos desde nuestro presente. No en el espacio, porque cada lugar impone su verdad. La tradición solo permanece viva cuando acepta ser reinterpretada con inteligencia y responsabilidad.
Beethoven, Marsalis, Piazzolla o Valenzuela nos recuerdan, cada uno a su manera, que crear es comprometerse. Que la alegría nace del rigor. Y que la verdadera modernidad no consiste en borrar lo anterior, sino en saber hacerlo sonar de nuevo.
Luis Cercos, Condé-sur-Risle, Normandie, enero 2026.
.jpg)



No hay comentarios:
Publicar un comentario