martes, 27 de enero de 2026

Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto

Lo que no puede borrarse: el 27 de enero es el "Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto", una fecha que nos obliga a mirar de frente el mal absoluto producido por el ser humano cuando actúa de forma organizada, planificada, industrializada y maléfica. El Holocausto fue una quiebra moral, un colapso de la idea misma de civilización europea.

La Segunda Guerra Mundial dejó ciudades destruidas, millones de muertos, territorios devastados y un patrimonio inmaterial hecho de ausencias y de traumas, un patrimonio que no se reconstruye solo materialmente y que condiciona toda intervención posterior en el territorio europeo.

De ahí surge una de las preguntas más difíciles que puede plantearse la conservación: qué hacer con los lugares del horror. Campos de exterminio como Auschwitz-Birkenau no pueden desaparecer. Borrarlos sería una segunda muerte. Pero conservarlos plantea una tensión extrema. Las visitas apresuradas, las fotografías y los gestos banales en un lugar donde el dolor fue absoluto producen un choque moral inevitable. ¿Cómo transmitir sin banalizar? ¿Cómo conservar sin convertir en espectáculo?

Estos lugares no son monumentos en el sentido clásico, sino antimonumentos. No celebran nada ni glorifican nada. Existen para recordar hasta dónde puede llegar la deshumanización cuando la técnica, la burocracia y la ideología se alinean contra el ser humano. Su valor no está en la arquitectura, sino en lo que representan y nos recuerdan.

Tras la guerra, Europa entendió que la reconstrucción no podía limitarse a rehacer ciudades. Había también que reconstruir principios. De ese contexto nacen los grandes textos doctrinales de la conservación moderna, culminados en la Carta de Venecia, fruto no solo de una reflexión técnica, sino de una conciencia profunda: la memoria es frágil y manipularla puede ser tan destructivo como la ruina material.

Después de Auschwitz, la restauración europea se vuelve prudente, ética, casi desconfiada de sí misma. Rechaza la reconstrucción falsificadora, desconfía del gesto heroico y defiende la autenticidad incluso cuando duele.
El Holocausto nos obliga a aceptar que no todo patrimonio es bello ni reconciliador. Hay patrimonios que existen para incomodar y advertir. Conservarlos no es un acto cultural neutro: es un acto moral.

Recordar el 27 de enero es asumir que la conservación, la arquitectura y la restauración trabajan con la materia, sí, pero también con la memoria y el sentido. Después del desastre absoluto del siglo XX, ninguna intervención puede ignorar esta evidencia: hay cosas que no pueden borrarse, porque en su permanencia incómoda reside la última forma de justicia.

Luis Cercos, París, 27 de enero de 2026.

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