lunes, 5 de enero de 2026

A propósito del patrimonio inmaterial.




Mi carta a los Reyes Magos. En el marco del reto personal que me he propuesto para 2026 —pensar cada día, a partir de una efeméride, sobre la restauración y sobre el mundo— hoy me detengo en una de las más antiguas y simbólicas: la Epifanía del Señor, que celebraremos mañana, 6 de enero. Tal vez ocurrió así, tal vez no; pero, como todo gran relato, ha sobrevivido por lo que representa.


Esta noche, en muchas ciudades de España, volverán a celebrarse las cabalgatas de Reyes. Más allá de su dimensión festiva, me interesa mirarlas como una expresión viva del patrimonio cultural inmaterial. No es casual que la primera cabalgata de Reyes documentada sea la de Alcoy, celebrada de forma continuada desde 1885 y reconocida como Fiesta de Interés Turístico Nacional. Una muy arraigada tradición que ha sobrevivido porque ha sabido transmitirse y seguir teniendo sentido para su comunidad.

Durante décadas, la restauración se ocupó sobre todo de la materia: edificios, monumentos, tejidos urbanos. Sin embargo, desde finales del siglo XX, el debate se ha ampliado hacia aquello que no puede consolidarse técnicamente: tradiciones, rituales, saberes, relatos y memorias colectivas.

Este giro se apoya en un corpus doctrinal claro. En 2003, la UNESCO aprobó la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, definiéndolo como un patrimonio vivo, transmitido de generación en generación. En 2005, el Consejo de Europa, con la Convención de Faro, desplazó el foco del objeto a las personas, subrayando el derecho de las comunidades a participar en la identificación y transmisión de su patrimonio.

Las ilustraciones que he elegido hoy dialogan con esta idea: la Adoración de los Magos de Sandro Botticelli, hacia 1475; la de Andrea Mantegna, hacia 1505; y la de Diego Velázquez, en 1619. Tres miradas distintas, complementarias, que muestran cómo un mismo relato se transmite, se adapta y se reinterpreta sin perder su sentido profundo.

La fotografía que acompaña este texto es otra forma de esa transmisión. Un niño, en Madrid, a finales de los años sesenta. Ese niño soy yo. No documenta un monumento, sino la ilusión y la espera. Eso también es patrimonio inmaterial, y quizá el más difícil de restaurar cuando se pierde.

Proteger el patrimonio inmaterial no es congelarlo ni folclorizarlo, sino permitir que siga vivo, significativo y compartido.

LC, París, enero de 2026

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