El 26 de enero de 1085, en la taifa de Zaragoza, Al-Mustaʿin contrajo matrimonio con la hija de Abu Bakr de Valencia, en una ceremonia a la que asistieron los reyes taifas de al-Ándalus y, con toda probabilidad, Rodrigo Díaz de Vivar. No es un detalle menor. La figura del Cid, documentada históricamente y desbordada por la literatura, es un punto de apoyo ideal para pensar el patrimonio literario, siempre situado entre el hecho y el mito, entre la historia y el relato.
La literatura es un patrimonio paradójico. Es intangible en su esencia, pero la pensamos casi siempre a través de un soporte material: el manuscrito, la primera edición, el libro impreso. ¿Dónde reside entonces su verdadero valor patrimonial? ¿En el texto, en su soporte, en la tradición que lo transmite, o en todo ello a la vez?
Un texto puede copiarse, traducirse, reinterpretarse, sin dejar de ser él mismo. Y, sin embargo, un códice o una primera edición adquieren un valor patrimonial autónomo. El patrimonio literario vive en esa tensión constante entre obra y materia, entre permanencia y transformación.
El Poema de mio Cid es ejemplar. El Cid es personaje histórico y construcción literaria. Su patrimonio no se agota en el manuscrito conservado ni en el texto original, sino que se prolonga en sus lecturas, ediciones y reescrituras. Francia lo entendió pronto: Pierre Corneille transforma al Cid en Le Cid. Cambia la lengua, el contexto, la forma, pero el mito permanece. El patrimonio no se conserva inmovilizando, sino circulando.
Ocurre lo mismo con los grandes textos de la tradición occidental: La Divina Comedia, Don Quijote de la Mancha, Hamlet, La Ilíada o Fausto. En todos ellos, el patrimonio reside tanto en el texto como en la forma histórica que lo ha transmitido y en la lectura contemporánea que lo reactiva.
Volver hoy al Cid nos recuerda algo esencial: el patrimonio no vive en la pureza de un origen, sino en su capacidad de ser contado, reinterpretado y comprendido a lo largo del tiempo. El Cid histórico quizá existió; el Cid literario, sin duda, sigue vivo. Y es precisamente en ese espacio intermedio donde el patrimonio literario encuentra su verdadera fuerza.
Luis Cercós
París, enero de 2026
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