domingo, 11 de enero de 2026
La reforma de una casa en Santa Mónica, de Frank Gehry
El 11 de enero de 1569, en Inglaterra, se organiza la primera lotería pública.
A propósito de la lotería, la historia de Voltaire es paradigmática. Una parte significativa de su patrimonio nació, en efecto, de la lotería francesa, pero no de un golpe de azar. Voltaire descubrió un error matemático en el sistema, lo analizó con rigor y lo explotó con inteligencia. No fue suerte: fue observación, cálculo y oportunidad reconocida por alguien que estaba trabajando.
Sí, es verdad: yo también juego a la Lotería de Navidad. Como casi todos los españoles. No porque crea que vaya a cambiar mi vida, sino porque jugar es, a veces, participar de un rito colectivo, de un patrimonio inmaterial hecho de ilusión compartida, de conversación y de esperanza. Pero nadie —nadie— construye una carrera profesional sólida sobre un décimo. Las trayectorias que perduran no nacen del azar: se diseñan.
Pienso a menudo en Frank Gehry. Durante años tuvo un trabajo estable diseñando centros comerciales. Podría haberse quedado ahí. Pero, en paralelo, reformó su propia casa en Santa Monica siguiendo exactamente los principios arquitectónicos que él visualizaba para su futuro. Una casa radical, incomprendida, casi incómoda. Un día, su jefe visitó esa casa y, asombrado, le propuso ayudarle a cambiar de rumbo. ¿Suerte? No, si aquella casa no hubiera sido profundamente distinta, Gehry habría seguido diseñando centros comerciales. La oportunidad fue la consecuencia directa de una visión sostenida en silencio, trabajada sin garantías.
La historia está llena de este tipo de relatos: momentos que parecen desgracias y que luego se revelan como umbrales. Derrotas que obligan a mirar de otro modo. Los antiguos lo sabían bien. Aristóteles hablaba de phronesis, la prudencia activa. Y Michel de Montaigne, a quien admiro profundamente, desconfiaba de la fortuna entendida como capricho: defendía el trabajo interior, la constancia y la atención lúcida al mundo y a uno mismo.
También la literatura y el cine lo repiten sin cesar: no es el golpe de fortuna lo que transforma una vida, sino la capacidad de reconocer una oportunidad cuando aparece. Y esa capacidad solo existe cuando hay trabajo previo, horas acumuladas, errores digeridos y vocación sostenida.
Por eso, a quienes empiezan hoy, me gustaría decirles esto con claridad y afecto: imaginen su futuro. Dibújenlo. Visualícenlo aunque parezca lejano. No esperen a que alguien les dé permiso. Trabajen incluso cuando nadie mire. Construyan, como Gehry, su “casa” interior —o real—, aunque resulte extraña.
La suerte existe, sí. Pero casi siempre llega después. Llega cuando uno estaba preparado.
Diseñar una carrera no es apostar: es un acto de libertad. Como escribió Miguel de Unamuno: "solo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe".
LC, París, enero de 2026
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