Ese gesto extremo nos enfrenta a una pregunta inquietante: ¿cuántas veces puede ejecutarse a alguien?
Y, trasladado a nuestra disciplina, ¿cuántas veces puede ejecutarse un monumento?
Un monumento no muere una sola vez. Puede ser glorificado bajo un régimen y vilipendiado bajo el siguiente. Puede ser abandonado, mutilado, reconstruido de forma acrítica o musealizado hasta vaciarlo de sentido. Cada intervención es, en cierto modo, un nuevo juicio.
Cromwell fue enterrado con honores casi reales en Abadía de Westminster. Dos años después fue desenterrado como traidor. El lugar era el mismo. El cuerpo era el mismo. Lo que había cambiado era el relato dominante. El pasado no se modificó; cambió su lectura política.
Con los monumentos ocurre exactamente lo mismo. Restaurar es decidir qué fase es legítima, qué memoria debe permanecer visible y cuál puede desaparecer. Y ese juicio nunca es inocente: está condicionado por el presente y por la necesidad de construir un relato coherente para la sociedad actual.
La pregunta clave no es si debemos intervenir o no, sino cómo evitar la ejecución ritual. Cómo impedir que cada restauración se convierta en una venganza simbólica contra un pasado incómodo. Cómo aceptar que hay edificios irreductiblemente complejos, imposibles de convertir en héroes puros o villanos absolutos.
Aquí resuenan con fuerza las palabras de John Ruskin, para quien restaurar era, a menudo, una forma de mentir. Su oposición radical a la restauración estilística, y en particular a la aplicación mecánica y empobrecida de los principios de Eugène Viollet-le-Duc por parte de seguidores mediocres, no era estética sino ética. Entre la destrucción y la reconstrucción total, Ruskin defendía aceptar el envejecimiento, la pérdida y la ruina como parte de la verdad del monumento.
La Abadía sigue en pie. Cromwell no está allí. El monumento sobrevivió al hombre. Pero el gesto de 1661 nos recuerda que la violencia simbólica también deja huella. En patrimonio, matar no siempre significa destruir físicamente. A veces basta con imponer una interpretación, una leyenda, preferir el mito a la verdad.
Recordar esta efeméride es recordar que ningún monumento es juzgado una sola vez. Y que la ética de la restauración no consiste en dictar sentencias definitivas, sino en devolver a la sociedad un pasado complejo, sin ejecuciones simbólicas innecesarias.
Luis Cercos, París, enero 2026.



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