Recuerdo a varios de mis maestros insistiendo una y otra vez en una idea esencial: antes de intervenir en un edificio histórico, hay que descubrir su medida, no imponerle la nuestra : la vara, el pie, el palmo o el pulgar no son unidades arcaicas que debamos traducir sin más al sistema métrico. Son lenguajes constructivos, herramientas mentales con las que el edificio fue pensado, trazado y ejecutado.
Cuando medimos un monumento histórico con el SMD creemos estar siendo precisos. Y lo somos, desde un punto de vista numérico. Pero durante siglos la arquitectura occidental se construyó sobre medidas vinculadas al cuerpo y al gesto. En la Península Ibérica, la vara —y en particular la vara castellana— organizó trazados, alturas y crujías. En Francia, el pied du roi estructuró obras enteras, con subdivisiones precisas y coherentes. En Inglaterra, el foot y la yard dieron lugar a sistemas modulares extraordinariamente estables. En Italia, el braccio, con variantes locales, permitió una continuidad natural entre el dibujo, la obra y el oficio. No eran sistemas caóticos ni imprecisos, sino coherentes en sí mismos y profundamente racionales, aunque no universales.
Descubrir la proporción correcta de un edificio histórico es comprender su lógica interna: por qué un vano tiene esa anchura, por qué una nave tiene esa longitud. No es un ejercicio arqueológico ni nostálgico, sino una condición previa para intervenir
.
Desde los estudios sobre trazados reguladores medievales hasta los trabajos sobre geometría práctica, cantería y carpintería de armar, se repite la misma advertencia: la arquitectura histórica se rige por sistemas proporcionales, no por sistemas métricos modernos. Traducirlo todo a metros es útil para el proyecto contemporáneo, pero peligroso si se convierte en la única forma de lectura.
Adoptar el SMD fue un avance indiscutible para la ciencia, la ingeniería y la administración. Permitió comparar, estandarizar y universalizar. Pero en el ámbito del patrimonio, su uso acrítico puede empobrecer la comprensión. Cuando restituimos un monumento, cuando lo levantamos o cuando lo dibujamos, estamos tomando una posición intelectual. Si ignoramos el sistema de medida original, corremos el riesgo de restaurar correctamente la materia y traicionar el espíritu. Devolver proporciones falsas, aunque sean exactas en centímetros, es también una forma sutil de falsificación.
La lección que encierra la efeméride de hoy es clara: no basta con aplicar herramientas modernas a objetos antiguos. Hay que aprender a pensar como pensaron quienes los construyeron. Porque, en patrimonio, la precisión verdadera no está en el número, sino en la proporción.
Luis Cercos, París, enero 2026.

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