lunes, 2 de marzo de 2026

Una aproximación al Gaudí restaurador (1/2). Gaudí y la Catedral de Palma.



En 1999, mientras coordinaba la asistencia técnica previa al proyecto de restauración de la Lonja Gótica de Palma de Mallorca, encontré en una librería local un libro que, sin yo saberlo entonces, cambiaría mi manera de mirar a Gaudí. Era una recopilación de los artículos que el canónigo Mateo Rotger publicó en 1904 sobre la intervención del arquitecto en la Catedral de Palma. Me interesó de inmediato. Pero su alto precio lo devolvió discretamente al estante.

Cinco años después regresé a Palma como co-director de ejecución de las obras de restauración de la finca Raixa. Entré de nuevo en la misma librería, casi por instinto. El libro seguía allí, en el mismo estante, en la misma habitación, como si hubiese esperado ese tiempo exacto. El precio no había cambiado. Quizá quien había cambiado era yo. Lo compré. Lo leí esa misma noche con una ilusión casi juvenil. Al día siguiente volví a la Catedral.

Muchos consideran la intervención de Gaudí en Palma un episodio menor dentro de su trayectoria. No es la Sagrada Familia (hoy me atrevo a decir, "afortunadamente"). No es el Park Güell. No es la Casa Batlló. Sin embargo, para quien se dedica a la restauración arquitectónica, la Seo de Palma es una lección extraordinariamente vigente. Allí Gaudí no construye. Restaura. Y restaurando, revela con una claridad sorprendente su pensamiento más profundo.

El encargo fue, en su momento, casi temerario. El obispo Campins, interesado por la renovación litúrgica, viajó por Europa estudiando restauraciones en Orvieto, Florencia, Bolonia y Montpellier. A su regreso tomó una decisión inesperada: llamar a Gaudí. Encargar a un modernista la restauración de una gran catedral gótica equivalía, como escribió Anthony Kerrigan décadas más tarde, a encomendar la restauración de un Rubens a un pintor de vanguardia.

Pero el obispo le dijo algo decisivo: “La catedral misma es el documento más claro y fehaciente para descubrir su plan portentoso”. Esa frase contiene, por sí sola, una teoría completa de la restauración. Gaudí no debía imponer una teoría. Debía leer el edificio.

Kerrigan describió la intervención de Gaudí como el despliegue de dos impulsos aparentemente opuestos y, sin embargo, complementarios: por un lado, purificar y simplificar el edificio primitivo; por otro, reinterpretarlo litúrgica y estructuralmente desde su propio lenguaje. Restaurar no como arqueología pasiva ni como reconstrucción complaciente, sino como diálogo estructural con el pasado. No congelar la historia. No repetirla. Tensarla desde el presente.

Mañana intentaré mostrar cómo esa tensión se materializa en el baldaquino, en el tornavoz, en la cerámica y en las vidrieras. Porque la Catedral de Palma no es un episodio secundario en la biografía de Gaudí. Es un laboratorio restaurador que, más de un siglo después, sigue interpelándonos. A mí, por lo menos.

Luis Cercos, París, febrero 2026.

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